martes, 22 de agosto de 2017

LIGEROS RASGOS DEL GENERAL JUAN VICENTE GÓMEZ


(Escrito por el Gral. Ramón Tello Mendoza)

De izquierda a derecha: el Gral. Ramón Tello Mendoza y el Gral. Juan Vicente Gómez, su personaje biografiado históricamente.

Hay fechas que marcan en los episodios del mundo, un destino preclaro, una idea redentora, o un triunfo que sustituye linaje entre los siglos.

Fechas que se acercan, se entrelazan y se confunden en el aplauso universal.

Y, que figuran en la Historia, como portadas idénticas en el admirable edificio del progreso.

Así vemos que Bolívar, quien nació el 24 de julio de 1783, recorre, en las paralelas del triunfo y en el encomio de la fama, iguales fastos que han ennoblecido a perínclitos varones.

¡Y coincidencia de la grandeza y la virtud!

Bolívar marca, con su nacimiento, una etapa luminosa por demás, el 24 de julio de 1783; y Gómez, el 24 de julio de 1857, imprime, con su nombre, al surgir a la vida, un guarismo, inmortal a las cifras que pertenecen a la posteridad.

El 24 de julio de 1859, Falcón, el Mariscal magnánimo, que tiene todos los astros por corona, y la excelencia de sus sentimientos por divisa, desembarcó en Palmasola, consagra a la Federación con la austera firmeza de sus doctrinas, y llega al Capitolio Federal, el 24 de julio de 1863, tras una larga y desesperada lucha de cinco años, que se recuerda con admirable asombro, porque el odio extremó sus temeridades, y la heroicidad sus temeridades también y así refrenda con su política libérrima, la virtud de sus principios, y funda la prosopopeya de un gobierno cristiano y digno de nuestra raza imperecedera.

He aquí cinco fechas, que semejan analogía de porvenir en la justicia y el honor, y que se engarzan de una manera magnífica, para corresponder en las cronologías del arrojo, del patriotismo, del corazón y de la idea, al pueblo, a la República, a la Patria, a la Humanidad y a la Historia.

Y es que los hombres superiores se atraen por las leyes de su origen, y mancomunan sus obras por decretos de sus fines.

Las distancias que los separan de su nacimiento, se eliminan cuando el aplauso sanciona y decide el criterio universal.

Después de Bolívar, que todo lo abrillanta con su genio, y lo embellece con sus creaciones más que humanas, Falcón aparece en nuestra escena política, y se encumbra en el cariño popular, y se glorifica, enalteciendo el País.

En un paréntesis de pocos años, anuncia la Fama, con estruendosos hechos, que un nuevo paladín ocupa puesto en la vanguardia de los héroes.

Es el General Juan Vicente Gómez, que aún tiene en sus vestiduras el polvo de las sendas que ha recorrido, y en su semblante plácido las satisfacciones de los deberes que ha llenado.

Acontecimientos, luchas, conflictos, campamentos y peligros, se aglomeran en el espacio de su existencia joven; pero como la fe lo inspira y la heroicidad fortifica su carácter, se hace superior a los obstáculos, quebranta lo que amenaza y le es adverso.

Definir la existencia de un hombre que priva en la sociedad y en la política, es resolver un problema, que las opiniones esperan y el progreso necesita.

Aplaudir no es convencer, ni vituperar es darle auges a la justicia.

De aquí, el que a los hombres públicos de talla sobresaliente, se analicen de acuerdo con sus hechos, se dificultan sin parcialidades entusiastas o enconosas, y se llamen a juicio en la filosofía y en la historia.

Y el General Juan Vicente Gómez puede comparecer ante los hombres con los enaltecimientos de sus heroicidades y sus virtudes, y ante la historia con la ingenuidad de sus preclaros hechos.

En el penacho de sus montañas seculares está el dosel de sus esfuerzos redentores en el trabajo; y en las delicadezas morales de la familia, las fotografías imperecederas de su existencia noble y delicada.

En los campamentos dibuja con las siluetas que produce el disparo de sus armas, el cuadro inmortal de sus proezas y en las controversias políticas, como en las grandes pruebas de los contrastes humanos, va airoso en su destino, como la voluntad que se impone, el carácter que avasalla, el éxito que deslumbra, y la gloria que enardece y extasía.

Gómez no es una ambición que pide paso en las ambiciones.

No es un prestigio que discute el prestigio de los demás.

No es una soberbia que subordina las soberbias que se arraigan por anomalías y por escándalos.

No es una espada que supedita las leyes y pide la libertad.

No es una ironía embozada en la clemencia democrática…

Gómez es una sencillez heroica, que se avecina a la naturaleza en sus costumbres y a la verdad, en sus ejemplos.

Es un patriota, que comprende la República porque la siente, y que fraterniza con el pueblo, porque gira en sus ideales.

Es una preponderancia nacional, porque la vanidad disgusta sus merecimientos, y se sobrecoge su espíritu donde la malicia es absoluta, y lo innoble más absoluto aún.

Es indomable, como las ondas del océano: irresistible, como el destino: poderoso en las armas, como la República en su esencia, y atrayente, muy atrayente, como el bien que se cumple por amor a la desgracia.

Son admirables el conjunto de su vida y las prodigalidades de su corazón excelso.

Si el tiempo se midiera por las obras magníficas, estaría siempre en las avanzadas del porvenir, por sus ejercicios piadosos; y en los pórticos del aplauso, por sus arranques meritorios por naturales.

Parece una nueva cordillera en el mapa venezolano, y un conjunto de epopeyas nacionales en las crónicas de nuestras guerras.

No provoca los peligros con temeridades alarmadoras, pero los vence con su heroísmo ingénito.

No estimula las intrigas palaciegas, pero las desaira y las quebranta cuando habla con la autoridad de la virtud en las armas.

Hay hombres que, como la luz, no pueden contenerse; y que, como el espacio, es imposible medirse.

Hombres que surgen en lo inesperado, como la libertad en la esclavitud y el regocijo en el dolor.

Hombres que ignoran la prosapia de su destino, como ignora la tierra el oro y los brillantes que contiene en sus entrañas.

Hombres que deciden de una época con su arrojo, y que se anticipan al tiempo con las excelsitudes de su noble corazón.

Hombres así llenan el mundo cuando luchan, y están en la historia cuando falla la justicia.

Y para que no desaparezca, por lógica del progreso, la jerarquía de varones de tal calibre, asoma en la Cordillera el General Juan Vicente Gómez, en obediencia a su naturaleza y a sus Hados, como la lumbre en el horizonte cuando despunta el día, el deber en el alma, y el objetivo hermoso de la vida en las ansiedades de la muerte.

Y maravilla en los combates, y seduce con las amabilidades de su ser moral.

Y compacta a sus amigos, sin intentarlo, como desarma a sus adversarios sin quererlo.

Y funde el cariño popular en el sentimiento de los regocijos patrióticos.

Y personifica el valor que decide, la humanidad que perdona, y el crédito que se establece y se hace propaganda en el crédito nacional.

Nada es tan difícil, en los países de instituciones inseguras, como reformar una ley, adquirir un prestigio y dominar en las opiniones.

En las Repúblicas de deleznable organización, donde el mecanismo oficial no gira en órbitas inmovibles, los hombres vienen y van en la prosperidad y en la desgracia, como la noche y el día en el curso del tiempo.

Pero cada sociedad tiene sus exigencias, como cada regocijo su estimulo y su dolor.

No hay ansiedad sin descanso, ni agonía sin solaz.

No hay martirio sin corona, desolación sin consuelo, ni esperanza sin fe.

Un día, el pueblo venezolano, se vio restringido en sus derechos y exánime en sus penurias.

A la congoja de sus tristezas respondía el eco glacial del indiferentismo adusto; y el Gobierno, sordo ante las catástrofes ciudadanas, no vio, que todo tiene sus límites en los linderos la justicia, y sus horas en el cuadrante del progreso.

Y entre esas impretermitibles acciones del denuedo, de la pericia, del patriotismo, del crédito, de la lealtad y de la fe, aparece el General Juan Vicente Gómez, entre las asperezas de su vida inmaculada y envidiable, como aparece San Pedro en la obra del cristianismo, Sucre en la redención americana, y Pi y Margall en los pugilatos por la República Española.

En Gómez todo es cónsono con sus hábitos, con sus intimidades, con sus convicciones, sus creencias y su destino.

Su palabra, ruda como las faenas del campamento, tiene la firmeza de los mármoles, y la ingenuidad de las almas nobles.

Hay tal analogía en todos sus actos, que si se investigan los incidentes más aislados de su vida, en el áspero trabajo, en las faenas administrativas, como en la brega de las armas, se ve al nombre, libre por el sentimiento, digno por su voluntad, prestigioso por sus hechos, y amable por el verbo que nutre sus expansiones.

En San Antonio del Táchira vio la primera luz; y lo acompañan recuerdos que lo enaltecen, afectos que lo acarician, justicias que lo endiosan, y aplausos que lo hacen inmortal.

Hoy vaga en las multitudes, sereno y sonreído, como ayer en los combates en el fragor de las balas, sin apercibirse de la agresión que lo acecha, y de lo imprevisto que amenaza.

Gómez es una fuerza popular, pero que no deprime ninguna fuerza en la República.

Es un crédito ciudadano, pero que no se enerva en diatribas personales.

El General Juan Vicente Gómez, con la prosapia de su renombre, es un contrapeso a las nulidades, pero no una turbulencia en los elencos políticos.

Moderado, enteramente moderado, en ocasiones hay ironías patrióticas en sus frases, como protestas risueñas en sus arranques.

Pero cuando acusa no es para escarnecer sino para limitar lo que está demás en la cordialidad, equitativa.

En sus empresas es indetenible, como incansable en sus faenas y sagaz en sus itinerarios.

En el arte de la guerra su táctica es completamente nueva, inesperada, atrevida, asombrosa y de peligros múltiples para sus enemigos.

En las cargas es admirable, y en la persecución irresistible.

Cuando desbarata a sus contrarios no los abandona hasta que los disuelve o los extermina.

Y en sus marchas tiene algo de las nieves que se desprenden de las cumbres, y del aluvión que conmueve y asola.

En los campos de batalla suprime el número con su arrojo, y unge nuevas jerarquías militares donde blande su espada.

Es soldado de la edad media, con todas las perspectivas de la grandeza heroica.

En las cruzadas habría sido la vanguardia en la fe, la vanguardia en la lucha, y la vanguardia en la gloria.

Como que no se apercibe que vivir es un instinto y una necesidad cuando batalla, porque siempre sirve de bandera al plomo que acribilla sus huestes, como objetivo a las esperanzas que lo acompañan.

Tiene tal gallardía en sus ademanes y tanto estoicismo en su carácter, que no mide los antros que ha de salvar, sino los beneficios que ha de producir.

Separa las épocas con su arrojo, y las miserias con sus virtudes.

Une los partidos antagónicos con el consejo desinteresado y noble, donde priva su acción,  y tiene para sus subalternos solicitudes paternales, y hasta sacrificios que van más allá de los deberes políticos.

Abunda en las esplendideces de los corazones que nacen para la gloria, y en las consecuencias en todas las formas que hace memorable el destino de los hombres.

Es imponderable, el arrojo del General Juan Vicente Gómez, como digna de la Patria y de la gloria su vida militar.

Es raudal de heroicidad en el desprendimiento de la extensión de su coraje; y asemeja en las líneas de su fisonomía, algo así como cumbres que florecen, mares que braman, y auroras que iluminan.

En Gómez el ademán es airoso, como espontáneo y terrible el ímpetu de sus marciales cargas.

Su serenidad no se inmuta, ni se apoca su energía, cuando sus subalternos no corresponden a sus esperanzas.

Como el peligro no disminuye la órbita de su entereza, habla y entusiasma: lucha y enardece; y siempre a la vanguardia subordina y hace propias, por su modo de ser, las voluntades de los demás.

En la correcta apacibilidad de su vida, no es fácil columbrar la cima de su heroísmo, ni darle relieve, de un modo definitivo, al juicio que merece como guerrero, como político, como amigo, y como lealtad definida en la lealtad de los hechos.

Es vario en sus derroteros, como múltiple en sus grandezas; pues tan pronto está en los campamentos con sus cargas y su coraje, como en las sementeras con su acción fructuosa y constante por demás.

No es un cortesano que se engríe con las venias incómodas a las almas sencillas.

No es un sibarita, que se deleita con voluptuosidades extravagantes.

No es un vanidoso, a quien los encomios perfuman y embelesan.

No es una ambición, que jamás se sacia, ni un egoísmo, dispuesto a la represalia y al encono.

Gómez, es un héroe, porque tal fue su destino.

Una virtud, porque complementa su vida.

Una sencillez magnifica, porque dibuja su carácter.

Una lealtad que no duda, porque la fe lo sostiene.

Y un patriotismo, en acción, porque goza con la felicidad de los pueblos y la fortuna del País.

Hablarle de las intrigas que incomodan, es disgustarlo.

Conoce el mal cuando lo hieren; y como nació para estar lejos de las asperezas de la miseria humana, siempre va en la vanguardia del bien, porque el bien le sirve de regocijo.

No es profuso en fraternidades ni en comunicaciones íntimas.

Es demócrata y popular, pero no tumultuoso, ni gusta confundirse con lo que no está en el radio de su espíritu, ni en el horizonte de sus simpatías.

Es jovial, muy jovial, pero rudo por naturaleza y por costumbre, y la mentira puede no repudiarla por conveniencias políticas, pero la repele y la desprecia.

Los hombres en las curules oficiales, cuando se les satisfacen las pasiones que los engríen, no son los mismos en los ejercicios ciudadanos.

Pero Gómez siempre tendrá un mismo análisis en los hechos, una misma entidad en los prestigios un mismo homenaje en los pueblos y en la historia un justísimo valor.

Porque no conspira contra ningún progreso, ni desmiente ninguna integridad en las fases de la República.

Quiere a los que lo acompañan en las rudas inquietudes de la guerra, con solicitudes excepcionales, y defiende a los suyos sin recomendaciones de los demás, y sin que priven intereses que no ve su abnegación.

Es libre en sus pensamientos, como expansivo, muy expansivo en las interioridades de su ser moral.

Cuando designa con su confianza a un amigo, es porque está de acuerdo con su temperamento, con sus doctrinas que no proclama, pero que práctica en la más austera liberalidad, y en los detalles de su vida, donde hay panoramas como en las auroras, y majestades como en las cóleras de los mares.

Gómez es asequible al bien, porque el bien pulimenta las siluetas de su nombre.

Pero le repugna el abuso, odia el dolo, y gusta de lo que es digno y propicio al honor en la Fama.

Abunda en las galanterías más puras que la etiqueta no enseña, y, en el refinamiento más agudo de los sarcasmos que no se estudian.

Vive siempre de fiesta en las amistades, porque concede tal importancia al cariño, que duda de que existan seres incapaces de amar.

No pregunta quién llora, para remediar, sino quién necesita para compadecer.

Su bolsillo está siempre exhausto,  estorba cuando otros lo han menester.

En la vida pública es diáfano, como sus compromisos, y difícilmente contiene sus impresiones, cuando está disgustado, como su arrojo, cuando hay que combatir.

Como su vida es jovialidad, su semblante es placentero; atractivo; pero el que traspase los límites de su prudencia, su hidalguía y su abnegación, está expuesto a irritarlo sin que lo veje, y a que teste su nombre entre sus afectos, sin hostilizarlo.

Hay tal armonía en el conjunto de todos sus actos, que su nombre significa bondad, republicanismo, trabajo, organización, denuedo, lealtad y siempre lealtad, y como apéndice lógico, un sentimiento íntimo por el pueblo, por la Patria y por la democracia.

Con frecuencia se le atribuyen al Poder abusos que no comete, y a los oposicionistas a los gobiernos, virtudes que no tienen.

Los hombres de Estado no pueden realizar todo su programa, ni dejar contentas todas las ambiciones.

Y en política, cuando no se llenan los deseos de los peticionarios, se provocan malquerencias que no se esperan.

Sólo los héroes, los patriotas y los grandes corazones, cruzan entre las multitudes, deslumbrándolas, sin herirlas; y al virtualizar en sus hechos el dogma de su carácter, disponen de las voluntades sin esclavizarlas, y del porvenir sin disminuirlo.

Y a ese número de los predilectos de la fortuna y de la Fama, pertenece el General Juan Vicente Gómez.

Como es extraño a las intrigas palaciegas, porque no conoce la pequeñez en las exuberancias de su patriotismo, sólo procura levantar al que cae, robustecer al débil, consolar al que sufre, y darle a las sociedades una esperanza en el bien, y una gloria en la virtud.

Cuando entra en los campos de batalla, nada le arredra y tiene tal entusiasmo, después de las bregas, por los héroes que lo acompañan como por los héroes a quienes vence.

Dispone del sentido de las grandes percepciones militares, y de una destreza suma para evadir lo que le puede ser adverso.

Pero no contemporiza con la mentira, porque la detesta; y prefiere la dignidad de un adversario, a la bajeza de un amigo.

Pasa revista con una ojeada a los que lo quieren bien y comprende los odios, que no se atreven a lucharlo, aunque aparenten distinguirlo.

Podría confundirse su ademán insinuante y popular, con las risueñas jovialidades de los campesinos, que interrogan el campo, para enriquecerlo con sus fuerzas; y la familia, para que sueñe y prospere.

Gómez no es un enigma, porque la franqueza esfuma su ser moral.

No es una ambición, porque en el desprendimiento va el paisaje de su envidiable existencia.

¿Y qué es entonces, en las conjeturas de la filosofía?

Los hechos definen su heroicidad en los campos de batalla.

El crédito popular lo reclama en la política.

La consecuencia partidaria bosqueja la alteza de sus doctrinas, y el porvenir le demarca los espacios donde fulgura.

Es una epopeya viviente, y algo así como la resonancia de un credo en una idea y de un hombre en la voluntad de la conciencia pública.

Gómez es más que una esperanza ciudadana, porque está en la fe de los deberes políticos que a la democracia se ondulan.

Y es más que una altura entre las personalidades de nuestro tiempo, porque tiene la gloria por pedestal, y el futuro por consigna de sus avanzadas en la República.

En la vida todo no es interés y malicia, aunque la malicia y el interés gravitan en todas las peripecias de la humanidad y su destino.

Conocer el mal y no ponerlo en práctica, es darle un atributo al pensamiento, y al espíritu, un atributo del cielo.

No siempre la razón más delicada se acerca a la verdad, ni el sabio más virtuoso se aleja del error.

El corazón humano cambia a cada instante de impresiones, de temperamento, de sueños y de esperanzas.

Lo que ayer nos pareció una trivialidad, lo acogemos mañana con entusiasmo en la fe y decisión incalificable.

Y es porque lo infinito es el miraje de la existencia en la tierra, y el punto de partida de los ideales humanos más allá de la tumba.

A veces nos arrepentimos de practicar el bien, como de ejercer el mal.

Pero en el fondo de la conciencia, lo que contradice a la naturaleza mortifica; y lo que distrae a la justicia quebranta y anonada.

Hay héroes que nacen, porque en el peligro está el centro de sus expansiones; y agentes de un problema positivo y social, ignoran, muchas veces, el bien que fundan, la ley que sanan, la reforma que imprimen, la ignorancia que abaten, la libertad que impelen, el progreso que ilustran, y la gloria que sugieren.

Y es que el hombre superior sueña con la luz, la alcanza, se llena de claridades, y hace para su recuerdo una diadema de auroras, y no le es dable alejar de sí las congojas que evita en los demás.

En el torbellino de la política, se mide la satisfacción por la fortuna y la dicha por el poder.

Pero nadie sabe, que muchas veces, el néctar que se paladea en las ovaciones es más amargo que el agua de los mares; y que se reciben más tristezas en los aplausos, que en las soledades de la muerte.

Pero he aquí la entereza que hace menos las desgracias en los hombres públicos, cuando piensan en el pueblo, para mejorarlo y en la Patria, para glorificarla.

 Y el General Juan Vicente Gómez pertenece a las raras almas exquisitas por demás, de los exploradores del bien, que se acercan a la fama, sin procurarla; y a las altas jerarquías que privan en el mundo, sin apercibirse de la distinción que todo lo colora.

Para Gómez, las decepciones las recibe con la misma impasibilidad que el plomo que silba y lo amenaza en su alrededor.

Tiene nostalgias, porque son propias de toda alcurnia elevada, y vaguedades en el sentimiento y en la idea, porque nunca faltan en los caracteres superiores.

Pero nada lo arredra; y cuando las tribulaciones lo acosan, las vence con su fe moral, como a sus adversarios cuando esgrime su espada, siempre invicta.

Y es humanamente feliz; porque sólo concede importancia a los afectos; y hasta en los delirios de sus expansiones juveniles hay grandeza en sus arranques.

No se cuida del juicio de los demás, sino de su buen proceder.

Como no desperdicia el tiempo para dejar obras útiles, ignora por completo, o quiere ignorar, donde residen los que se irritan con la ventura ajena, los que blasfeman, y los que siempre están dispuestos a morder.

En este hombre excepcional, todo se combina de una manera legítima al éxito del encomio.

Sus mansedumbres lo acercan a las democracias, su arrojo a los paladines, su desprendimiento a los patriotas, su lealtad a los estoicos, y su virtud a lo que el progreso espera y no puede proscribir.

Es un prestigio, y no ha creado propagadores de su nombre.

Es una fuerza en el Estado, y no procura sustentáculos que lo apoyen.

Es una cumbre, y siempre está en las hondonadas donde el pueblo se debate, para socorrerlo y amarlo.

Va a la vanguardia en el Gobierno y en el porvenir, y se iguala en su itinerario y en sus deberes a todos los que defienden la bandera que tremola.

Su divisa va en su palabra, y su palabra en su divisa.

Entre nosotros es un coloso que tiene su pedestal en el cariño ciudadano.

No juzguemos el éxito de los hombres por los medios favorables de que disponen, sino por las iniciativas generosas que defienden.

A veces se confunde, en las contrariedades del infortunio, la integridad del hombre con la falta de honor y de deber.

Y como la Legislación no prevé los minuciosos detalles de la vida individual, en ocasiones las leyes condenan lo que merece más bien un galardón.

De aquí, el que los hombres públicos reserven siempre en lo más noble de sus intimidades, algo para compadecer a los que nadie compadece, y algo para hacer menos las privaciones y los infortunios de los que son víctimas de los desórdenes y las impiedades de los demás.

Pero toda magistratura requiere el ejercicio de las leyes, porque se sostiene en su moral.

Puede ser atrasada, extemporánea, y hasta peligrosa una institución; pero quien la representa no puede desconocerla, sin comprometer su autoridad.

Por eso los grandes caracteres reforman la sociedad y la política, pero sin contradecir las doctrinas a que debieron su elevación.

Y los personajes de Estado, para realizar las evoluciones que transforman a los pueblos y corrigen las costumbres, consultan de antemano los contingentes de que disponen, así como los baluartes en que han de sustentarse.

El General Gómez no es un diplomático, pero está en la diplomacia porque desarma las intrigas con su ingénita bondad.

No es un orador, pero convence a las multitudes con la elocuencia de sus sentimientos liberales y patrióticos.

No es un reformador, pero impulsa, define, sostiene y sanciona lo que el progreso pide y va al progreso.

No es un periodista, pero con sus ideas se aglomera en la prensa los hechos de que la Historia se nutre, de que el porvenir ha menester, y de que forman las Repúblicas el blasón de sus destinos.

En nuestras guerras civiles, se desmerita el carácter de los que luchan, por más heroicidades que los enaltezcan.

Porque es muy triste que los hermanos se pugnen, se disocien, se sangren y se maten.

En las guerras de partido se admira el valor, pero se vitupera la infecundidad de las contiendas fratricidas, y se condena el fin sangriento de las jornadas que no deben emprenderse.

Y es que en la diana de los cuarteles, cuando no es el patriotismo que dirige las armas, se pierden en lúgubres batallones, el trabajo que necesita progresar y la ciencia que aspira glorificarse.

Y se agrupan en torno de las perspectivas de pugilatos innobles, las soledades de tumbas que acusan sin hablar, y las madres que lloran, los huérfanos que suplican, y el infortunio que clama un átomo de luz en la inmensidad de las sombras.

Y al final de la escena del encarnizamiento guerrero, la victoria, por legítima y espléndida que sea, no es bastante a compensar las catástrofes que origina el rencor, que las ambiciones sostienen, que la ignorancia impulsa, y los vicios se empeñan en acrecentar y sostener.

Y los paladines que sobresalen en contiendas personales, tienen algo en su continente glorioso, y algo estéril y muy lúgubre en sus perfiles simpáticos.

Y es porque no se suprime una existencia, en los campos de batalla, sin defraudarle un regocijo a los hogares, y sin introducir un luto y un dolor en las familias.

Pero he aquí la virtud de las almas lumbre y de los pensamientos soles.

Llegar a los abismos donde el rencor manda, como genio de las tinieblas, y hacer imposible el que rueden víctimas al fondo de los antros.

El General Gómez, con una constancia generosa, que el cristianismo únicamente inspira, se interpone en nuestras reyertas armadas; y cuando la conciliación es imposible entre los bandos que chocan, yergue lo que es potestativo de la justicia y de la humanidad.

Y cuando es infecunda su labor inteligente y proba, entonces el apóstol que aconseja se transforma en Juez que falla y más tarde toma las proporciones del paladín, dispuesto siempre a vencer, si las circunstancias lo requieren.  

He aquí la excelsitud de este andino admirable, que va en las estelas de las opiniones entusiastas, por el impulso de la justicia; y que tiene en el porvenir espacios en la democracia y la República, por lógica del progreso.

¿Y cómo no ensalzar sus actividades y el cuerpo monumental de su resumen político?

No está en los cuarteles con determinado carácter, pero los militares lo quieren.

En las Legislaturas y Congresos no enumera votos que recuerden, ni adhesiones que lo ensalcen; pero es verbo en la soberanía de los pueblos y resonancia en las virtudes de las esperanzas ciudadanas.

No adiestra propagandistas en las festividades del aplauso; pero la justicia lo rememora, el pueblo lo quiere, la fama lo defiende y lo saludan las alboradas de los prestigios del mañana.

Y aunque ha sobresalido en la cronología de nuestros tiempos, en contiendas civiles, no hay sangre de traición en sus laureles, ni befa de apostasía en su virilidad, ni agrietad en su carácter, ni pobreza de corazón en sus dictados.

En las páginas de su vida todo es espléndido, como el resplandor de su espada en los campos de batalla.

En política, cuando la libertad aún no ha conquistado los laureles indispensables para la República, hasta los hechos más indiscutibles carecen de analogía.

Y es porque en las luchas que parecen deformes, y en lo que a primera vista levanta protuberancias en la sociedad, en el sentimiento, en el arte, en la magistratura y en las ideas, tiene para el filósofo desprevenido, que discrimina a los hombres y abarca doctrinas, siglos y reformas, análisis en que nivela las clases, y en que los errores de unos, son a veces el origen de las virtudes de otro.

Toda reforma es atrevimiento; porque no se introduce un adelanto en la existencia humana, sin herir intereses que no se ven, y ambiciones y soberbias, que ni disculpan la soberbia que los deprime, ni aceptan el progreso que exigen las sociedades.

Pero aquí estriba la habilidad de los Estadistas y la misión de los innovadores.

Abrirse paso entre los absurdos y las malicias, sin provocar peligros en su marcha.

Darle aureolas a las grandes ideas, y hacerlas un sustentáculo de los que viven del abuso.

No hay un pueblo a quien el dolor no haya ensenado más que las festividades del regocijo.

Se aprecia la luz, cuando la oscuridad nos rodea y todo reformador, anatómico del alma, toma en cuenta el cansancio social, cuando legisla; y las miserias públicas, cuando decreta.

En la parálisis del sentimiento patriótico en los pueblos, ve el filósofo la ignorancia en las clases, la penuria en su existencia, y el abatimiento en sus almas.

Y es porque toda pesadumbre acongoja, como toda pobreza debilita, y todo error menoscaba el criterio de la conciencia.

Las espadas que le fueron hostiles le sirven hoy de cerco a las instituciones que defiende; y los adversarios que quisieron impedirle su marcha al porvenir, lo saludan, lo respetan y lo aplauden.

Y es porque en este hombre todo es cónsono con su carácter y su destino.

Es porque adivina en donde está el valor para estimularlo, y el patriotismo para estimularlo también.

Es porque subordina las opiniones con la opinión de su espíritu, y acorta las distancias con el imperio de sus energías.

Así se explica que todos desfilen en el orden más luminoso en su Administración y su Política.

Es raro en las luchas de partido, cuando las pasiones todo lo tocaban, y los vicios todo lo acaban también, encontrar hombres, que son felices cuando compadecen a los que lloran, y que están dispuestos, en la línea de los deberes políticos y sociales, a estar con el pueblo cuando aspira, con el progreso cuando espera y con la Patria en sus glorias.

Y el General Juan Vicente Gómez, en las penalidades acerbas que nos han entumecido, y en tantos conflictos como nos amargan, ha estado con la virtud oficial en sus fidelidades, con la ciudadanía en sus incertidumbres y vigilias, y con toda la República en sus constantes peligros.

Y es un cruzado de Adalid, de flamígera espada, que hace  imposible la nube de la derrota por su arrojo varonil, y más imposible aún la mancha de las traiciones por la alteza de su carácter y el desprendimiento de sus servicios.

Gómez supedita las pasiones, porque se olvida del hombre cuando lucha por su partido, y de su partido y de sus hombres cuando batalla por su Patria.

Como no es una idea en conventículos calculadores, su nombre va a todas partes, como la luz, y su prestigio también, como la luz en el flujo y reflujo de los soles.

En su modestia hay las solemnidades de las grandezas ignotas; como en su excesivo valor las exuberancias de nuestras cordilleras siempre hermosas.

Es un héroe que convence con los hechos, como los sabios con sus experiencias, los filósofos con sus máximas, los artistas con sus cuadros, los poetas con sus idilios, y lo que fecunda en la gloria y en la gloria perdura, con ese ramillete indefinido que sirve de corona a los Dioses y a los siglos.

Definir a un hombre como Gómez, que empieza a ilustrar y a engrandecer la historia de nuestros tiempos, es anticiparse a lo que guarda la posteridad en sus penumbras, el destino en sus arcanos, la naturaleza en sus leyes, el progreso en sus evoluciones y la justicia universal en sus veredictos incógnitos.

Gómez está en las opiniones, sin estimularlas con propagandas interesadas.

Y en el futuro, sin que enumere sus títulos, a su nombre. Es más que un personaje de Estado, porque defiende con su espada a los Estadistas.

Más que un principio personal, porque pide curules para el pueblo y para la democracia, prosperidades.

Hoy más que nunca necesitan los pueblos de voluntades que los dirijan, de prestigios que los comprendan, de pensamientos que los levanten, de virtudes que los moralicen, y de patriotismos que los salven.

Las ideas, en maridaje generoso y genuino con las opiniones y las leyes, explenden sus doctrinas, afirman sus pareceres, sostienen sus derechos, piensan en la Patria y luchan por la República.

Ya las represalias son tenues en la política, y en los problemas de Estado todo se resuelve sin discordias, sin enconos, sin batallas, y en cordialidades que regocijan y determinan un flanco, de frente al porvenir.

El Gobierno, con la omnipotencia de los deberes que se cumplen y del patriotismo que se iguala a la democracia, abre páginas de honor, en la historia de la Patria, a los que se distinguen como guerreros, como jurisconsultos, como escritores, como poetas, como artistas, como créditos nacionales y hombres de Estado.

Y el pueblo modela con sus simpatías, en sus recuerdos, a los que han de merecer más tarde su confianza y sus aplausos.

Y por lógica de la justicia popular, tiene rango en las predilecciones de las mayorías, el General Juan Vicente Gómez, porque llena una época con sus hechos y con sus virtudes ilustra los fastos de su nombre.

Perfilarlo es definir la sinceridad.

Definirlo, es dibujar una excelencia, y exponer una miniatura de heroicidades, de abnegaciones, de enterezas, de liberalismo pródigo, y de humanitaria doctrina.

Circunscrito el General Juan Vicente Gómez a los hechos, es un héroe de primer orden.

A las doctrinas democráticas, un prestigio en la voluntad ciudadana y cuando se admiran sus esfuerzos hercúleos y la firmeza de sus convicciones, la lealtad confirma la fama de sus laureles, y la virtud le abre paso y lo encumbra al porvenir.

La mansedumbre, como dice el Evangelio, sirve para enaltecer las propiedades de las grandes fisonomías.

Y en Gómez esta condición es naturaleza y carácter.

Mientras Venezuela cuente con hombres así, las armas darán lustre, rangos y jerarquías las faenas políticas, y la Patria fanales en las ideas de sus hijos, y salvaguardia y respetabilidad en sus hijos también.

Es imposible el desmoronamiento de una raza y el cataclismo moral de una Nación, donde hay espíritus que sostienen con sus luchas el edificio imponderable de la familia y alejan con el denuedo de su voluntad el egoísmo corrosivo: la perfidia sangrienta, la traición infamante, y la bajeza que deshonra y esclaviza.

Por eso, el General Juan Vicente Gómez, como un paréntesis en los tenebrosos capítulos de nuestras guerras civiles, aclara con su magnanimidad las noches lóbregas y glaciales de los odios, y convida a la República, en la comunión de los afectos y los deberes mutuos, a las alianzas que la democracia exige, la filosofía política aconseja, la Patria insinúa y los hombres anhelan.

Cuando se aplaza el disimulo de las ambiciones para que yergan las doctrinas humanitarias su sacerdocio, la fe republicana razona y la justicia también razona.

Y desaparecen las pequeñeces que contradicen los hechos, y se ahuyentan las paradojas que simulan la verdad y el raciocinio ciudadano inquiere lo que entraña una máxima, procura lo que reporta un consuelo, se asimila a lo que desprende progreso, y se confunde en las expansiones que existen en la moral, y que sólo la moral crea y sostiene.

Y de aquí vienen propagandas republicanas, en que el pueblo se unifica, cuando proclama una causa, y las que vencen por las armas con las ideas, cuando abren una cruzada.

Y es de aquí de donde toman el auge de sus créditos, los que como el General Juan Vicente Gómez, van a la vanguardia de las transformaciones políticas y sociales, por esas leyes que impelen el progreso, y se radican en el progreso también.

No es el triunfo el que garantiza la estabilidad de una cumbre, ni la fortuna la que consagra el brillo de los laureles.

Más allá de todo lo que priva por combinaciones de Estado y por mandato de la fortuna, están la conciencia pública como Tribunal irrecusable que no se inmuta; y el progreso de los tiempos, donde la posteridad falla, y la justicia imperecedera discierne sus atributos.

Y es que por sobre los escrutadores humanos, están los númenes divinos; y así es imposible que la pasión desvíe los hechos, y la historia paralice sus dictados.

Y para los hombres que esboza este trabajo, el egoísmo ofrece ocaso, ni los siglos tumba.

Como se empinan en el verbo de los principios que invocan, sobresalen más y más, por razón directa de los triunfos que obtienen.

Como combaten por la ciudadanía, está en el interés popular el sostenerlos.

Como la gloria es el aura que nutre sus existencias, siempre están en alturas y cerca del infinito y del aplauso.

Pugnarlos, es reaccionar contra la naturaleza y los tiempos; y desmentirlos, contradecir la historia.

Estos hombres, como el huracán, todo lo empujan, lo desvían y lo arrastran; y como las grandes inundaciones dejan la fertilidad y el renacimiento hasta en sus mismas ruinas.

Cuando la política se combina en ideas conciliadoras, se sustenta de preceptos legales, y se afianza en un progreso científico, es imposible que haga jornadas la sombra, que la maldad aconseje, y que establezca monopolio lo que carece de equidad.

Los frutos de los Gobiernos inteligentes y patriotas son radicales en el bien, y se eternizan en la gratitud del bien.

Lo que disgusta a las opiniones menoscaba el concepto oficial.

Lo que empobrece la energía de los que mandan, aquilata la audacia de los reaccionarios por su fama y por tenebrosos fines.

Hay un medio de hacer la felicidad de los pueblos, sin ofuscarlos: ilustrándolos.

Una manera de corregirlos, sin degradarlos; y de acercarse su voluntad, sin imposiciones que siempre hieren: llevando la ley a sus costumbres y a sus prácticas y la justicia cristiana a sus labores y a su destino.

Cuando el trabajo convida al bienestar, y la libertad garantiza lo que se adquiere, es respetable la palabra del Gobierno, y dócil, por satisfecha, la voluntad ciudadana.

Todos los estadistas están conformes, en multiplicar sus dotes, para que la miseria no agrie el carácter de los obreros, y la ignorancia no ennegrezca el cielo siempre brillante de las almas dóciles.

El despotismo de los Magistrados venales, crea con frecuencia, las catástrofes en que las discordias asolan, en que los anarquismos enlutan, y la desgracia pública llora y pordiosea en las desgracias de la Patria.

Pero a los hombres de Estado les es fácil cohibir las explosiones sociales, cuando no trastornan el orden de sus programas, y cuando alían a sus destinos el destino de los pueblos, y a sus glorias la equidad de los asociados.

Los mandatarios que contentan a las clases trabajadoras, tienen la retaguardia cubierta con el cariño popular.

La idea que ilustra es el apostolado que enseña: el proletario que se activa es la simiente que florece y el brazo en que se apoya la paz con sus doctrinas Y la libertad con sus prodigios que regeneran.

Los servicios que reciben los pueblos de los Magistrados, son adhesiones tácitas en la conciencia pública.

Las deficiencias y los abusos oficiales son la derrota de sus promesas y la negación de sus esperanzas.

No es buen gobernante el que disgusta a las mayorías.

No es buen cristiano quien no respeta las creencias de los demás.

No es patriota quien pone a prueba la integridad de la Patria, y suprime la verdad para legalizar todos sus actos.

No es virtuoso quien se olvida, en sus aplausos y júbilos, que consolar al que llora es engrandecerse, purificarse, comprender la naturaleza y el cielo.

Y el General Juan Vicente Gómez, que siente en su espíritu las placideces de su amor a los pueblos, y los entusiasmos que produce el trabajo, enumera en sus pensamientos lo que entrañan estas ideas, y va, en progresiva marcha, a donde están la República con sus doctrinas inmortales, y el porvenir con el progreso libre y suspirado.

Ya todo es visible en nuestra política, y es tal la experiencia en nuestros dolores, que lo que se funda en la democracia es positivo, estable y propio de la voluntad ciudadana y de las inspiraciones del pueblo.

Con cada nombramiento simpático a las mayorías, en que el Gobierno eleva una justicia y reconoce un merecimiento, la Autoridad se afirma, la prevaricación se aleja, la rectitud se acerca, el patriotismo influye, y la confianza se esparce en todos los corazones.

Cuando los contrapesos políticos, dan carácter en las atribuciones oficiales, a lo que no es simpático en el decoro, útil en la suficiencia, respetable en el deber, ni prestigioso en las controversias, se siente un disgusto que produce atonía, un cansancio que engendra desconfianza, Y una protesta muda que paraliza lo que trabaja, lo que se eleva, lo que ilustra, lo que es digno, lo que glorifica y perdura en la estirpe de los hechos.

Y esto es la conciencia pública, Tribunal más que augusto del criterio moral, y asilo imperecedero de lo que marcha al infinito entre claridades, y entre claridades defiende las claridades del bien.

Hay una aspiración en todas las zonas, en todas las razas, en todas las sociedades y en todos los tiempos, de sobresalir los pueblos y tener autoridades de acuerdo con su carácter, con sus costumbres, con su naturaleza, con su origen y su historia.

Como el progreso es una ley universal, o mejor dicho, es la naturaleza en acción, nadie quiere retroceder, sino marchar adelante.

De aquí vienen las deferencias con que mimamos a los hombres públicos, cuando son dignos de entrañar la solidez de las opiniones.

De aquí germinan los entusiasmos que ovacionan a los guerreros, cuando la heroicidad acaricia a los militares.

De aquí toman rumbo las adhesiones a los que saben merecerlas, y el deseo de agradar a los que tienen estatura en el pueblo, estatura en la justicia, como en los siglos estatura estable.

Y todo esto es inmanente en las almas, que procuran por distintos senderos, asirse a la perfección y distinguir la persecución.

Por esto hoy, en nuestras grandes agitaciones por la paz de la República y el bienestar de las familias, ve el General Juan Vicente Gómez, en su contorno, festividades de encomios, solicitudes de afectos, la cordialidad en el respeto, y la fe que inspira la moral de sus actos.

Y es porque este hombre, quizá una jerarquía en nuestros tiempos, por sus hábitos, sus costumbres, los círculos en que gira, las combinaciones que impulsa y los contingentes morales en que influye, no gravita en las autocracias, no demuele los basamentos de la libertad, no se erige en los cultos del abuso, ni festina con impaciencias las soluciones del mañana.

RAMÓN TELLO MENDOZA.
Caracas, 24 de junio de 1904.