General
José Rafael Luque, Presidente del Estado Miranda.
En la tarde de ayer, 19 de marzo de 1931, falleció en esta capital, víctima de penosa e
incurable dolencia, el señor General José Rafael Luque, meritorio servidor
público y honorable padre de familia.
La muerte lo sorprende gobernando el Estado Miranda, donde su interés y
actividad de hombre de gobierno, se manifestaron en reformas y progresos
palpables y beneficiosos.
Otros cargos públicos de importancia desempeñó el General Luque y supo
granjearse en ellos el afecto y el aprecio de sus conciudadanos. La Patria
pierde con su muerte un modelo de funcionario público y la Causa Rehabilitadora
un soldado pundonoroso adicto al Jefe, Benemérito General Juan Vicente Gómez,
Caudillo y Conductor de ella.
"El Nuevo Diario" se asocia al duelo del Ejército Federal y
presenta su más sentido pésame a la
honorable familia del finado.
(Publicado en el Periódico "El Nuevo Diario", el 20 de marzo
de 1931).
"La palabra cariñosa, robusta y alentadora del General Gómez alivió
al postrado, le comunicó energías, lo hizo incorporarse, hablar alegre, sonreír
con satisfacción… y fue la última sonrisa de su vida".
Ha caído al sepulcro este hombre meritorio que logró escalar brillante
altura, sin jamás esquivar dificultades ni demostrar flaqueza. De abolengo
luchador por la libertad, le rindió culto fervoroso a las glorias de Bolívar.
En las faenas de la industria comercial fue donde el General Luque
empezó la brega de la vida; después, con entusiasmo, pasó al campo de las
labores agrícolas, donde daba gusto verlo por entre bucarales cuidando sus
cafetos para que florecieran con hermosura, y se cuajaran los jazmines en
buenos racimos que llegaran al rojo de la madurez.
Con meritoria compañera fundó un hogar honorable y cultamente una familia
virtuosa. Tanto los sagrados deberes de esposo como los de padre los cumplió a
cabalidad; y en los primeros albores de la Rehabilitación Nacional, sin
abandonar el trabajo, se afilió a esta Causa con decisión estable. Tal firmeza
de carácter, junto con su probidad auténtica, amor profundo al progreso,
generosidad, culto por la amistad, nobleza de alma y serenidad en el peligro,
constituyeron las sobresalientes características que lo hicieron acreedor a una
gran estimación general.
De manera digna fue Comandante de Armas del antiguo Estado Zamora,
Presidente Provisional y Constitucional de Cojedes, Vicepresidente de la Cámara
de Diputados habiendo ido al Congreso de la República por la misma Entidad
Federal, donde se le recuerda con afecto por sus buenas Administraciones;
Primero y Segundo Vicepresidente de Aragua y Primer Vicepresidente de Guárico.
En acto solemne los pueblos de Cojedes le confirieron una artística medalla; asimismo estaba condecorado con la Orden del
Libertador en el Grado de Gran Oficial; y ocupando por tercera vez la
magistratura de Miranda, donde acrecentó sus actividades públicas, realizó
labor brillante de progreso e hizo florecer Los Teques en homenaje al Primer
Centenario de la Muerte de Bolívar, lo esperó el postrer aliento con sus
angustias y dolores.
Minado por una enfermedad rebelde, mostró valentía de siempre tratando
de sobreponerse a las fuerzas del destino que lo empujaba impasible a la fosa
oscura del no ser. Contra el terrible mal nada pudieron los empeños de la
ciencia junto con mil solícitos cuidados; y ya en postración dolorosa tuvo
intensa alegría de ver junto a su lecho de enfermo, al Jefe, a su único Jefe,
al que quiso de manera entrañable. ¡Qué poder tan avasallador poseen los hombres
superiores e inspirados en el bien! La palabra cariñosa, robusta y alentadora
del General Gómez alivió al postrado, le comunicó energías, lo hizo
incorporarse, hablar alegre, sonreír con satisfacción… y fue la última sonrisa
de su vida.
La Patria está de duelo…
Como el mar, el espíritu del recio luchador tuvo oleaje, horizontes
claros, días tempestuosos y últimamente una bella lejanía…
La tumba del General Luque es una desgracia y ha sido cubierta por un
montón de flores; flores ofrendadas afectuosamente por el Gobierno de la
República y el Jefe del Ejército; flores enviadas con respeto por los Poderes
Públicos del Estado Miranda, flores regadas con lágrimas de matrona inconsolable,
de hijos afligidos, de matrona e hijos que acaban de ver encerrar en una caja
negra, yerto pálido y sin vida, al que la acompañó con amor, al que los
bendecía todos los días…flores de muchos dolientes…
Manuel Villasana
Los Teques, 20 de marzo de 1931.
(Publicado en el Periódico "El Nuevo Diario", el 21 de marzo
de 1931).
NOTA DE INTERÉS: El General José Rafael Luque, era
el abuelo por parte de madre del doctor Francisco Herrera Luque, reconocido médico-psiquiatra, novelista,
ensayista y diplomático venezolano.
Publicado en el diario “El Universal”, el 22 de Diciembre de 1938.
Impresionante multitud del pueblo presente durante el entierro del Benemérito General Juan Vicente Gómez, Presidente de la República de Venezuela.
Caracas, 17 de diciembre de 1938. Hace hoy tres años que murió el General Gómez en su residencia campestre de Maracay.
Yo le ví morir. Estuve a su lado durante las horas de su altiva agonía; oí sus últimas palabras; contemplé las expresiones postreras de su rostro moribundo, que delataban la persistente tortura de crueles dolores, mientras contemplaba también intacta en la mesa de noche la ampolleta de sedol que se negó a poner; ví cuando al despedirse de la vida abrió los ojos para besar el Cristo de marfil que manos filiales habían colocado sobre sus labios; y, ya cadáver, besé su frente cayendo sobre ella las lágrimas de mi pena, y estreché entre las mías aquella mano varonil que durante veinte y siete años mantuvo en alto y con gloria y sin que sufriera nunca ni la afrenta de una amenaza, ni la vacilación de una incertidumbre, ni la perspectiva de un peligro, ni el sonrojo de una debilidad, la Bandera que cobijó la sombra augusta del Libertador.
Lleno de solicitud conmovida, presté mi concurso en los preparativos del entierro, que fue cesáreo; y ayudé a enjaezar para la ceremonia en la oficina de sus hijos, que me son tan queridos, aquel su predilecto caballo de fuego como su nombre: Fogonazo, en donde varias veces le vimos erguido pasando revista al Ejército en parada, unas en las llanuras maracayeras, otras en el Campo de Carabobo frente al soberbio Monumento que su devoción bolivariana levantó a la gloria de nuestro Gran Padre y Señor. Metí mi hombro bajo el féretro empenechado con la Bandera Nacional; y contemplé aquella manifestación silenciosa que lo condujo hasta el sepulcro, comparable tan solo en solemnidad a aquella otra manifestación estruendosa que pocos años antes le había tributado el pueblo de Caracas, cuando al juramentar su última Presidencia le condujo desde el Capitolio hasta Miraflores llevándolo casi a cuestas solitario en su carro descubierto de doce cilindros.
Testigo fuí de los acontecimientos de aquellos días. Testigo de las actitudes de sus hombres; de las lágrimas que cayeron sobre su yerto cuerpo; de los gritos escapados de pechos varoniles; de los húmedos ósculos que se estamparon sobre su frente; testigo de todo aquel dolor silencioso, respetuoso, solemne, que rodeó su sarcófago ante el cual se inclinaron espadas y charreteras, frentes y corazones. Y cuando le dejamos allí, al abrigo de las florestas risueñas de Aragua que él amó tanto o más que a sus nativas montañas andinas, legó a la nación el tesoro de ese brillante Ejército que constituye el orgullo primordial de la República, el sostén y seguridad de la patria, la perdurabilidad de las instituciones, del hogar, de la familia, de las tradiciones venezolanas, de la majestad de la Bandera que ampara el reposo de nuestros Héroes.
Ahora después de tres años al volver a la Patria, he recorrido todos aquellos sitios y las cosas grandes que dejó a su paso y que eternizan su memoria; así como las cosas humildes como su vida que le eran familiares, desde el retiro campesino que le prestó refugio hasta el lecho angosto y de hierro sin cortinajes donde rindió sin una queja su vida. Allí, en medio de las campiñas aragüeñas, fue donde con sus propias manos colgó de los cintos varoniles las espadas que hoy son el sustentáculo de la paz, y desde allí mantuvo siempre, como una advertencia, montada su guardia de leones en las patrias fronteras para asegurar la integridad nacional.
Y es también ahora, a los tres años de su muerte, que me toca a mí, a un hombre civil que le sirvió lealmente, responsablemente, y con un absoluto desinterés, dejar sobre su tumba estas frases de consecuencia a su memoria, en medio de la tempestad de ultrajes desatada contra ella y que es hija del contubernio abominable del despecho impotente de la demagogia destructora.
Largos años estuve al servicio del Gobierno que presidió el General Gómez en cargos de confianza y teniendo a veces en mis manos la autoridad ejecutiva. Jamás recibí de él la más pequeña insinuación que me obligara a saltar por sobre los límites de la equidad y de la corrección; antes por el contrario, y yo no tengo reparo en declararlo así, cuando me fue indispensable tal vez extralimitar la acción en defensa de los intereses públicos puestos bajo mi responsabilidad, tuve siempre necesidad, para no desmerecer en su confianza, de aclarar mis actitudes y de justificar mi conducta. Nunca le oímos sino recomendar a sus servidores el buen comportamiento; y no fueron pocos los amigos de su cariño, y hasta familiares muy queridos, a quienes relegó para siempre de su lado como consecuencia de injustificados procedimientos. Le serví en la más alta representación diplomática y estuve como Delegado del país en Conferencias Internacionales donde se ventilaron graves cuestiones que interesaban a la República. Y al recordar este honor, lo hago para afirmar que siempre junto a su memorándum de instrucciones, venía de parte de él este mensaje encendido como una antorcha de fiel nacionalismo: “Somos amigos de todos, pero más que amigos de Venezuela; y a la hora de defender los intereses de Venezuela, no somos amigos de nadie”.
Durante los largos años también viví a su lado sin dejar de verle y de oírle un solo día, durante varias veces. En esa permanencia a su lado tuve oportunidad de acumular un precioso material que anda por ahí casi organizado, con el cual espero contribuir en su hora al conocimiento de hechos y sucesos de nuestra historia política, acaso sensacionales. En esos trabajos figuran sus hombres y la colaboración que le prestaron; los proyectos que acarició y que en su mayor parte fracasaron por el estatismo y la inercia de algunos; sus anhelos por engrandecer el trabajo y la vida del campesino y sus necesidades, que siempre puso por encima de las del obrero; y hasta sus visiones atrevidas de renovación política hijas de su mirada de águila. Hasta hay en ese material cosas regocijadas que pertenecen al género chico, que de todo tuvo a su lado: desde el hombre de acción siempre listo para el sacrificio por la patria, hasta el tipo pintoresco que vivió arrimado a la sombra de su luz, y el consumado actor que supo representar su farsa y que nunca prestaron ni una idea, ni un esfuerzo, ni una iniciativa, a la obra del bien público. En medio de todos fue el único que siempre estuvo en su puesto sin desorbitarse un solo instante. En la hora risueña, como en las horas de tragedia, se encogía de hombros y con elegante desdén escuchaba la algarabía estruendosa de los farsantes. Tenía la conciencia de su destino; y siendo como era un hombre de extrema humildad, de una modestia insuperable que no alteraron nunca los halagos de la vanidad, para representar a la patria, a la Magistratura que ejercía, al poder público confiado a su pericia, invistió su figura de una majestad respetuosa, de una incontrastable autoridad, de un atributo de mando que no le abandonó ni cuando estaba tendido en su urna funeraria. Como Jefe de Estado, en toda su vida y en cualquier instante de ella, guardó la postura altiva de quien está oyendo el Himno Nacional o agitando en sus manos la Bandera de la Patria. Por eso nadie antes que él dió nunca el primer paso. En medio de los pro-hombres que le visitaban a menudo para rendirle pleitesía: Mariscales de Francia; Caudillos victoriosos que mandaron legiones en la Guerra Mundial; Jefes de Estado; Ases de la Aviación; políticos notables; Literatos de fama; hombres de ciencia; diplomáticos; mitrados; millonarios; grandes poetas; todo lo que es en fin orgullo y prez del mundo moderno que pasó por su lado, sintió enseguida el desconcierto de su personalidad extraordinaria ante la cual ninguna apareció nunca más alta. Hasta cuando llegó a su poder como una ofrenda la espada veterana de Tannenberg, la supo empuñar con su mano fuerte de venezolano auténtico.
Nunca le oí en los años que pasé a su lado pronunciar una palabra malsonante; ni nunca le ví humillar a nadie; ni hablar mal de nadie; ni tolerar que en su presencia se hablase mal de nadie; así fuese de sus más enconados enemigos, a quienes siempre consideró hombres resueltos. La disciplina de su vida fue perfecta, y se la infundió a todos: a sus hijos y a sus servidores, a jueces y soldados, a civiles y militares. Fue el primer gobernante que llevó a los más altos cargos de la milicia y de la magistratura a los hijos del pueblo que habían sabido iluminar su vida por el trabajo, por la eficacia, por la competencia y las virtudes. Hijo del pueblo como era, de genuina extracción popular, nacido en la montaña y desde niño en lucha perenne con la existencia hasta llegar a la cumbre donde llegó y poder “entrar a caballo en la historia”, su vida constituye la más alta expresión del triunfo del personal esfuerzo, el ejemplo más elocuente de hasta donde es capaz de llegar el hijo del pueblo venezolano cuando lo alientan y fortalecen las virtudes de la fe, de la constancia y del honor. No en balde, ni por obra de las casualidades, se manda veinte y siete años en un país comoVenezuela, ni se gobierna con la autoridad con que supo hacerlo el General Juan Vicente Gómez, sin poseer un magnífico tesoro de extraordinarias dotes. Quienes tratan de empequeñecer su personalidad de venezolano, lo que hacen es reducirse ellos mismos al oscuro rincón de su propia insignificancia.
Esta pequeña página de recuerdo se la debía yo al General Gómez por un imperativo de gratitud, que es para mí la suprema moral humana. Fuera de la estimación con que me honró, del apoyo que le prestó como un lazarillo ideal a los primeros pasos de mi juventud, agrego para cerrar estas líneas, un desahogo de mis personales sentimientos que justifica la inquebrantable fidelidad de mi recuerdo. Y es el siguiente:
Estaba yo postrado en la Clínica de los Mayo esperando ser sometido a una operación considerada mortal. Advertido de este peligro por la voz de la sabiduría y de la ciencia para que tomase las providencias del caso desesperado, seguro de morir, puse entonces bajo el amparo de la piedad del General Gómez el único tesoro que he tenido en mi vida y que son mi noble compañera y mis hijos. La respuesta no tardó horas. “Opérese tranquilo, que en caso desgraciado yo velaré por su familia”.
Entonces, ante aquel despacho que me venía de la patria lejana envuelta en el vago perfume de la esperanza, me tendí tranquilo en la mesa de operaciones de la célebre Clínica que es un orgullo de la humanidad. Había desaparecido la preocupación torturante de mis pensamientos ante aquellas frases finales del cablegrama, cuyo valor yo conocía.
En efecto, no había realidad comparable a una promesa del General Gómez; ni nada más seguro que su palabra; ni nada más firme que su diestra tendida; ni nada más leal que sus brazos abiertos.
RAFAEL ÁNGEL ARRÁIZ
El Arzobispo de Caracas, Monseñor Rincón González, acompaña el cortejo fúnebre con los restos del Presidente de la República de Venezuela, Benemérito General Juan Vicente Gómez, por las calles de Maracay junto con la multitud del pueblo.
El féretro del Presidente de la República de Venezuela, Benemérito General Juan Vicente Gómez, siendo conducido a hombros por las calles de Maracay. Sobrevuelan cuadrillas de la Aviación Militar Venezolana en homenaje a su Fundador ante la gran concurrencia del pueblo venezolano. Varias carrozas portan coronas fúnebres como expresión de admiración, cariño y recuerdo.
El Presidente de la República de Venezuela, Benemérito General Juan Vicente Gómez, recibiendo los máximos honores militares en el Panteón de la ciudad de Maracay en donde reposan sus restos.
El Doctor José Gregorio Hernández Cisneros, nació en
Isnotú, Estado Trujillo, (Venezuela), el 26 de octubre de 1864 y falleció
trágicamente en Caracas (Venezuela), el 29 de junio de 1919.
Fue un eminente médico, científico, profesor y
filántropo de profunda vocación religiosa, cristiano católico y franciscano
seglar ejemplar, reconocido por su solidaridad con los más necesitados y
recordado por su caridad, generosidad, rectitud y servicio a los pobres. Su
vida fue un testimonio evidente de santidad, tanto, que muchos latinoamericanos
lo consideran Santo, a pesar de que aún no ha sido canonizado por la Iglesia
Católica. Murió de forma trágica, al golpearse la cabeza con el borde de la
acera a consecuencia del impacto con un automóvil, en la esquina de Amadores,
La Pastora, Caracas, Venezuela. Sus restos reposan en la Iglesia parroquial de
La Candelaria ubicada en el centro de la ciudad de Caracas, después de estar
por mucho tiempo en el Cementerio General del Sur.
Su Santidad el Papa Juan Pablo II, declaró
solemnemente sus virtudes heroicas, por lo cual se le otorgó el título de
Venerable en 1986, antepenúltimo escalón en el camino de la santidad.
El 25 de septiembre de 2013, Su Santidad el Papa
Francisco manifestó interés por la causa del Doctor José Gregorio Hernández,
siendo al fin beatificado, en medio de la terrible pandemia del coronavirus, el
30 de abril de 2021.
SU MANIFESTACIÓN DE AGRADECIMIENTO AL
GENERAL GÓMEZ
"Con el alma presa de la más viva
emoción, me dirijo hoy a la distinguida sociedad de Caracas para
manifestarle la profunda gratitud que siento por las demostraciones de simpatía
y afecto que de ella he recibido, tanto a mi ida a La Cartuja, como a mi
vuelta a esta Ciudad. En particular quiero publicar mi agradecimiento para con
el Sr. General Juan Vicente Gómez, Presidente de la República, por las
benévolas frases de bienvenida que se sirvió dirigirme; para con el Ilustrísimo
Sr. Arzobispo de Caracas y Venezuela, por su afectuosa dignación en recibirme
en el Seminario Metropolitano; para con el Sr. Presbítero Dr. Nicolás Navarro,
Rector de ese Instituto, por la exquisita bondad con que ha querido tomarse el
trabajo de iniciarme en los arcanos del ministerio sacerdotal; y para con la
ilustrada prensa de la Capital y del resto de la República por los
honrosos conceptos que ha tenido para conmigo.
En atención a las reglas canónicas que
prohíben el ejercicio de la medicina a los que abrazan el estado eclesiástico,
debo apartarme en absoluto de dicha profesión, para obedecer en todo a las
prescripciones de la Santa Madre Iglesia, y doy las gracias de todo
corazón a aquellas personas que quisieron honrarme con su confianza al elegirme
para su médico en los tiempos pasados".
Doctor José Gregorio Hernández
Caracas, 27 de abril de 1909.
(DIARIO “LA RELIGIÓN”, 27 DE ABRIL DE
1909. EXTRAÍDO DEL LIBRO "EL SIERVO DE DIOS DR. JOSÉ GREGORIO
HERNÁNDEZ". ESCRITO POR R. P. EDUARDO DE GEMA. CAPUCHINO. 1950).
GENERAL GÓMEZ DOTA DE EQUIPOS AL LABORATORIO
DE LA UNIVERSIDAD
Caracas,
23 de febrero de 1911.
Ciudadano doctor Alejo Zuloaga.
Rector de la Universidad Central de
Venezuela.
En contestación a su nota número 292 tengo la honra de
manifestarle que el estado del Laboratorio de Histología, Bacteriología y
Fisiología Experimental de mi cargo en esta Universidad, después de la dotación
que se sirvió hacerle el ciudadano General Juan Vicente Gómez, Presidente de la
República, es de lo más satisfactorio y en él se practica la enseñanza. De tal
manera que los cursantes adquieren el conocimiento de las ciencias al propio
tiempo que salen prácticos en la técnica propia de cada una de ellas.
Dios
y Federación.
José
Gregorio Hernández
CARTA DEL DR. JOSÉ GREGORIO HERNÁNDEZ AL
GENERAL GÓMEZ
Caracas, 19 de septiembre de 1912.
Señor General, Juan Vicente Gómez,
Presidente de la República.
Mi respetado General:
Me tomo la libertad de molestar hoy su
atención para proponerle la creación de un Instituto de Bacteriología y
Parasitología.
Esta es una obra que abrirá una era de
progreso en los estudios médicos entre nosotros; que permitirá hacer el estudio
completo de nuestras enfermedades tropicales, y que, por consiguiente, será
también de grandísima utilidad para el conocimiento de la República.
En todas las capitales sudamericanas hay
este instituto: solamente Caracas carece de él; mas, por ser esta obra indispensable
en todo país civilizado tarde o temprano habrá que fundarlo aquí también, y de
ninguna manera debemos permitir que otro Gobierno posterior le quite a usted,
señor General, la purísima gloria de haber sido el fundador del primer
Instituto Bacteriológico y Parasitológico de nuestro país.
Con sentimientos de alta consideración y
respeto me suscribo, señor General.
De U. Atento S.S. y amigo,
José Gregorio Hernández
Instituto
Anatómico, el cual se inauguró oficialmente el 25 de junio de 1911 por el
General Juan Vicente Gómez, Presidente de la República de Venezuela.
El 19 de diciembre de 1910 se creó, por Decreto del
Presidente de la República, General Juan Vicente Gómez, el edificio donde
funcionaría el Instituto Anatómico, el cual se inauguró oficialmente el 25 de
junio de 1911. El sitio seleccionado para la creación de su sede inicial estaba
ubicado en las cercanías del Hospital Vargas, en la esquina de San Lorenzo,
Parroquia San José, actual sede de la Escuela de Medicina José María Vargas.
Para la medicina venezolana, este acontecimiento representó un logro
extraordinario, ya que por fin los estudios anatómicos contarían con una sede
propia construida con todas las condiciones higiénicas e instrumentos, adecuados y necesarios, para el manejo de cadáveres y para la investigación y la
enseñanza científica.
La lección Inaugural en el Instituto Anatómico, se
realizó el 16 de septiembre de 1912 y allí, el maestro Doctor Luis Razetti, además de dar
las gracias a todos los involucrados con la fundación del Anatómico, realizó un
recorrido histórico en su discurso que abarcaba desde la creación de la Cátedra
Prima de Medicina y la fundación de los estudios anatómicos por el Doctor José
María Vargas, hasta reconocer la labor de eminentes figuras médicas que habían
sido parte de la Ilustre Universidad de Caracas.
JOSÉ GREGORIO HERNÁNDEZ CURA A DON "JUANCHO" GÓMEZ
Don Juan Crisóstomo "Juancho" Gómez.
En cierta ocasión, estando el Dr. José
Gregorio Hernández ausente de Caracas, enfermó de gravedad el General
"Juancho" Gómez, hermano del Presidente, Gobernador de Caracas y
Vicepresidente de la Nación. Todos los médicos más afamados fueron desfilando
por su habitación, sin acertar con su enfermedad. El General
"Juancho" Gómez se moría. Su hermano, el Presidente de la República
Juan Vicente Gómez, fue a visitarlo y con su acostumbrada calma, definió:
-Se muere "Juancho", ¿por qué el
Dr. Hernández no lo ha visto?
-El Dr. Hernández está fuera, mi General.
-Pues que lo busquen.
El General Presidente Gómez, mandó inmediatamente al General don
Antonio Pimentel que lo fuera a buscar donde estuviera, que su hermano se
estaba acabando. Llegó precisamente Pimentel cuando el Dr. Hernández estaba en
su consulta de los pobres, al mediodía.
-Doctor, el General lo necesita.
-Lo siento, pero ahora no puedo, le
contestó consultando su reloj. A las tres menos cuarto termino. No puedo dejar
mi consulta de pobres.
El General Pimentel recorrió la vista por
la sala de espera, llena de viejecitas rugosas y pobres enfermos. Era algo
pintoresco como para contárselo al General.
-Es que es urgente, Doctor. -Pues ¿Qué
pasa?
-"Juancho" Gómez, que se está
muriendo...
-Ah, eso ya es otra cosa. No
fue necesario más. Había que salvar una vida. Lo mismo que si se estuviera
muriendo el pobre más menesteroso de la ciudad, el Dr. Hernández tomó su hongo
de la percha, y al salir pidió con humildad excusas a las personas que estaban
esperando, pues iba a ver un momento a un enfermo grave. Todos lo sabían. A la
fuerza, por la urgencia, lo introdujo el General en su automóvil y a los pocos
minutos ante la maravilla de todos, estaba de vuelta a su consulta de pobres.
Había visto al General, lo reconoció y le,
recetó algo tan sencillo que todos quedaron maravillados. Pero efectivamente el
General "Juancho" Gómez salía de su gravedad, y a los pocos
días estaba bueno y salvo. Todos dijeron que había sido una resurrección.
Y él contestaba al General Gómez:
-Sólo Dios resucita, mi General.
El General Gómez llamó a Pimentel y
le mandó a pagarle los honorarios extraordinarios de la enfermedad de
"Juancho", los que él pidiera, pero el Dr. Hernández le dijo:
-Mis visitas las cobro solamente a cinco
bolívares, mi General.
-¿Cómo?
-Sí. Tres visitas, quince bolívares.
Pimentel no se podía explicar la conducta
de aquel hombre que sabía que estaba en sus manos el dinero que quisiera.
Y quiso darle más.
El General Pimentel sacó un billete de
veinte bolívares y se lo alargó al Doctor. Él, tranquilamente le devolvió
cinco bolívares y se despidió de él afectuosamente, lo mismo que si despidiera
a uno de sus pobres de la consulta.
Comentando este incidente, decía después
Pimentel:
-Siempre he querido mucho al Dr.
Hernández, pero es la única vez que me ha dado rabia contra él.
TESTIMONIO DE FLORENCIO GÓMEZ NÚÑEZ,
PACIENTE DEL VENERABLE
Florencio Gómez Núñez, hijo del General
Juan Vicente Gómez.
"El Dr. José Gregorio Hernández fue
médico de papá, el General Juan Vicente Gómez, de mamá, Dolores Amelia Núñez de
Cáceres y de todos nosotros, sus hijos. Por cierto, a mí me dio uno de los
últimos casos de fiebre amarilla, llamada "vómito negro" de las
peores que hubo aquí en Venezuela, en el año 1910. Tenía dos años de edad y
José Gregorio me trató y me curó la fiebre amarilla.
El Dr. Hernández siempre tuvo relaciones
muy cordiales con papá. Conversaba mucho con él y le consultaba el tratamiento
a seguir, no tanto de sus enfermedades, porque papá para aquella época no
enfermaba mucho, pero sí de las enfermedades de todos nosotros, sus hijos. Papá
estimaba muchísimo al Dr. Hernández.
Después vino el trágico accidente del Dr.
José Gregorio Hernández que era un hombre muy bondadoso y servicial con todo el
mundo y la gente lo quería mucho. Yo me recuerdo perfectamente que ese
accidente fue en el año 1919, en La Pastora. El Dr. Hernández, acudió a una
farmacia para comprar un remedio que necesitaba un enfermo que no tenía dinero
y en el momento de cruzar la calle a la otra acera, no se fijó que venía un
automóvil y éste lo atropelló fuertemente. En el momento de caer al suelo, el
Dr. Hernández, fatalmente, se golpeó la parte posterior de la cabeza contra la
acera y murió en el acto. Fue una desgracia para todos los venezolanos que
tanto le queríamos. Aquello fue una tragedia aquí en Venezuela, ya que el Dr.
Hernández era verdaderamente apreciado y admirado. Era un Santo.
En mi época, al Dr. José Gregorio
Hernández, la gente lo veía como un médico excepcional. Siempre ayudaba a las
personas que no tenían recursos para comprar las medicinas, la gente pobre del
pueblo. El Dr. Hernández iba a la farmacia, él mismo, compraba las medicinas y
se las regalaba al enfermo, y a la gente pudiente, le cobraba 5 o 10 bolívares
la visita. Era un hombre lleno de atenciones con todo el mundo y llevaba una
vida religiosa de Santo que posterior a su muerte ha generado una veneración y
adoración. Todavía estamos esperando su beatificación por parte del
Papa.
Mamá tenía una foto original del Dr. José
Gregorio Hernández, enmarcada, colgada en la pared de su cuarto. Yo todavía la
conservo, hecha por un artesano andino de apellido Salas. Ella apreciaba
muchísimo al Dr. Hernández, a tal punto, que estando en Maracay cuando se
enteró de su muerte, se dirigió inmediatamente a Caracas para estar presente
antes de su entierro, ya que en esa época las mujeres acudían al funeral, pero
no asistían al entierro del difunto. Los hombres eran los que sí
participaban".
Florencio Gómez Núñez
(Entrevista realizada en 1993 por sus nietos, los
Hnos. Dupouy
Gómez).
TELEGRAMAS DE DUELO DEL GENERAL JUAN
VICENTE GÓMEZ
Caracas: 30 de junio de 1919.
Señor General Juan Vicente Gómez,Comandante en Jefe del Ejército Nacional y
Presidente Electo de la República.
Maracay.
Ya está usted en cuenta de la dolorosa
desgracia. A usted, que siente con el pueblo de Venezuela tan profunda pena por
haber sido el doctor José Gregorio Hernández un ejemplo eximio de virtudes
ciudadanas, presento mi pésame cordial.
Su amigo,
R. González Rincones.
Ministro de Instrucción Pública.
De Maracay a Caracas, el 30 de junio de
1919. Las 5 hs. 30 ms. p.m.
Señor doctor R. González Rincones.Ministro de Instrucción Pública.
Recibido. He lamentado mucho la muerte del
eminente médico José Gregorio Hernández y aprecio su condolencia por esta
desgracia nacional.
Su amigo,
Juan Vicente Gómez.
(Publicado en el Periódico “El Nuevo
Diario”, el 2 de julio de 1919).
SU EMOTIVO FUNERAL Y ENTIERRO
Una
multitud acudió al funeral y entierro del Dr. José Gregorio Hernández en 1919.
Citar el nombre de cada uno de los oferentes, fuera de todo punto
imposible. Bástenos decir que todos los gremios sociales estaban representados
de manera tan gentil desde el Ejecutivo, el General Juan Vicente Gómez, etc.,
hasta el humilde artesano y el peón que arranca a las canteras su diario
sustento.
Todos los que recuerdan aquel día de luto
nacional, convienen en reconocer que no ha habido en toda Caracas ninguna manifestación
en la que tan espontáneamente se haya desbordado el público en entusiasmo,
fervor y lágrimas, como en el entierro del Dr. José Gregorio Hernández. El
Ejecutivo Federal por órgano del Ministerio de Instrucción Pública dispuso
duelo para las Facultades de Estudios Superiores en todo el país.
En la invitación del Gobierno para asistir
al funeral, se encuentran las firmas, entre otras destacadas, del General Juan
Vicente Gómez; del General Ignacio Andrade, del General Antonio Pimentel, etc.,
y en las invitaciones de la Universidad, las de todos sus compañeros de
profesión y de sus amigos, entre ellos Dominici y Razetti. Hubo también
invitaciones por parte de las Facultades de Estudios Superiores de Caracas, de
la Sociedad Médica, de la Academia Nacional de la Historia, de la Inspectoría
General de Hospitales de la Academia Nacional de Medicina, del Gremio
Médico de Caracas, de la Academia Venezolana correspondiente de la Real
Española, de la Academia de Ciencias Políticas, del Consejo Central de Estudiantes de
Venezuela, etc. Casi no hubo gremio o asociación de Caracas
que no se uniera al dolor nacional por la muerte del Dr. Hernández.
Muestra del cariño que se le profesaba, y de que la Nación se daba cuenta por
medio de sus órganos, de lo que perdía aquel desgraciado, 29 de junio de
1919. Pero en realidad nada se había perdido. Él será siempre una
gloria perenne para la Madre Patria, después de muerto, lo mismo que lo
fue en vida.
Mejor que nosotros podrá darnos una idea
de lo que fue aquel entierro el articulista de “El Universal”. Habla
así:
El desfile comenzó desde el propio momento
de ser colocada la urna en el catafalco, respetuoso e interminable.
Puede decirse que toda la ciudad dejó al pasar frente el féretro un
tributo de lágrimas de sentida emoción, de férvidos elogios.
Una hora antes de la fijada para el
entierro, la Plaza de la Ley y los alrededores del Capitolio bullían como
nunca, plenos de gente. Sería tarea ardua describir con exactitud lo que allí
pasaba.
Tendidas las escuelas de niñas desde la
Universidad hasta Las Monjas, en doble ala blanca, como sus ensueños, cada una
de ellas tenía en sus manos una corona de aquel río de flores que se desbordó
desde los Cármenes avileños para formar un remanso perfumado sobre la tumba del
humilde sabio. Este bello espectáculo en medio de aquel ambiente de dolor
inenarrable, servía de índice para dar con exactitud una idea del número de
coronas enviadas en silencioso homenaje. Y no es frase de retórica, sino verdad
tangible, que se agotaron las flores de los inagotables jardines de Caracas. En
más de 500 se calcula el número de coronas y en otro tanto las que no pudieron
ser ofrecidas por absoluta imposibilidad material.
Citar el nombre de cada uno de los
oferentes, fuera de todo punto imposible. Bástenos decir que todos los
gremios sociales estaban representados de manera tan gentil desde el Ejecutivo,
el General Juan Vicente Gómez, etc., hasta el humilde artesano y el peón que
arranca a las canteras su diario sustento.
A las cuatro, en medio del orden más
perfecto, cerca de diez mil personas esperaban la salida del féretro desde la
Universidad hasta la Santa Iglesia Metropolitana, que no tenía cabida para un
alma más en sus amplias naves penumbrosas.
Antes de comenzar la fúnebre ceremonia del
enterramiento, el Sr. Ministro de Instrucción Pública, Doctor González
Rincones, pronunció sentidas palabras. Luego hizo en síntesis elocuente un
elogio del Doctor Hernández el Presidente de la Academia de Medicina, Doctor
David Lobo.
Cumplió con estricta justicia y con
una asombrosa puntualidad sus estudios y las comisiones gubernamentales que le
fueron encomendadas, el alto empleo de Catedrático de la Universidad y Director
del Laboratorio de Fisiología. Con igual exactitud cumplía con sus obligaciones
en el Hospital Vargas y con sus deberes como médico en la asistencia a los
enfermos. Si alguna preferencia tuvo en su vida, fue precisamente por los
desheredados de la fortuna. Su hora de una a tres menos cuarto, dedicada a los
enfermos pobres, era siempre respetada sobre todos los compromisos. En aquellos
momentos nada le podía distraer de aquel acto de justicia, por el que daba
a los pobres lo que ellos justamente como hijos de Dios pedían: un poco de caridad
y un poco de cariño. Le parecía más justicia, porque en cada pobre enfermo veía
la imagen del Hijo de Dios llagado y pobre por nuestro amor. Solamente estas
horas eran interrumpidas en casos de urgencia, para auxiliar a un moribundo.
Nunca exigió más de sus honorarios fijos.
Ricos y acomodados pagaban lo mismo, aunque su enfermo fuera el Presidente de
la República. Fue médico de siete Presidentes de la República y de sus
familias, pero nunca se lucró, ni siquiera en influencias con esta
intimidad de los más altos dignatarios de la Patria. Fue médico del
General Joaquín Crespo, con cuya señora fue padrino de uno de los hijos
del Dr. Bruzual Serra, que era entonces el Ministro de más influencia en
el Gobierno. Fue también médico de Andueza Palacio, Ignacio Andrade,
Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez, Victorino Márquez Bustillos, José Gil
Fortoul, todos ellos Presidentes sucesivos de la República, y
de todos sus Ministros más influyentes en el Gobierno.
Video de Don Florencio Gómez Núñez, hijo del General Juan Vicente Gómez,
Presidente de la República de Venezuela, recordando al Dr. José Gregorio Hernández,
quien fue médico de su familia y le curó la Fiebre Amarilla siendo un niño. Entrevista
realizada por los Hnos. Dupouy Gómez en 1993:
Video de una semblanza del Dr. José
Gregorio Hernández por Monseñor Fernando Castro: