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sábado, 16 de julio de 2022

EL GENERAL GÓMEZ CONTRA LA ESPECULACIÓN 1932

A la izquierda: El Dr. Samuel E. Niño, Presidente del Estado Aragua. A la derecha: El Benemérito General Juan Vicente Gómez, Presidente de la República de Venezuela.

Como el tema nunca pierde actualidad y ahora tiene más que nunca, transcribimos un telegrama enviado, el 26 de de abril de 1932, por el Benemérito General Juan Vicente Gómez, Presidente de la República de Venezuela, al doctor Samuel E. Niño, Presidente del Estado Aragua.

El texto es el siguiente:

Maracay, 26 de abril de 1932.

Dr. Samuel E. Niño.

Presidente del Estado Aragua.

Maracay.

Como yo sé que los artículos de primera necesidad que son precisamente los que sirven de sustento a las clases pobres, se encuentran en gran abundancia por las magníficas cosechas del año pasado, y que los depósitos graneros de los agricultores están llenos, juzgo que no es equitativo ni lícito, el que los precios continúen altos en detrimento de los proletarios. Del mismo modo la harina de trigo, el arroz y otros productos que vienen del exterior han bajado allá y no hay razón para que continúen altos aquí. En esta misma fecha, hace cuatro años, me dirigí a usted por conducto del Ministerio de Relaciones Interiores, en idéntico sentido; hoy quiero repetirle que es necesario que usted dicte y lleve a cabo en su jurisdicción las más enérgicas medidas para evitar que los acaparadores sostengan el alza artificial de los frutos, e impedirles, por todos los medios a su alcance, la despiadada especulación a que se dedican.

Lo saluda su amigo,

Juan Vicente Gómez. 

¿Y la respuesta del doctor Samuel E. Niño? Léanla: 

Maracay, 27 de abril de 1932.

Señor General Juan Vicente Gómez.

Presidente de la República de Venezuela.

Maracay. 

Impresiones de muy elevada índole patriótica ha despertado en mí la lectura del importante telegrama de usted del 26 del presente, y acatando las superiores instrucciones avaloradas por su experiencia y su amor a la patria que con él se digna transmitirme, me complace decirle que el gobierno de Aragua que presido, desde este propio instante procede a desplegar por mediación de las autoridades civiles y municipales una perentoria, activa y eficaz campaña tendente a evitar los abusos del acaparamiento y del alza indebida e injustificada en los precios de los artículos y frutos de primera necesidad para el consumo diario.

Como usted sabe Aragua es el granero del centro y con la solícita y paternal medida que usted me indica, alcanzarán indudablemente mayor bienestar las clases pobres. Al rogar a usted acoger las efusivas congratulaciones que por tan grato motivo le envío, ofrézcole que aquí permanecerá vigilante la acción gubernativa para impedir las ilícitas especulaciones al que alude el trascendental despacho telegráfico que me honro en dejar contestado.

Respetuosamente lo saluda.

Su amigo y subalterno,

Samuel E. Niño. 

(Telegramas publicados en el Diario "El Universal", el 26 de noviembre de 1995, en la columna "Miraflores a la Vista" de Jesús Lossada Rondón).


jueves, 10 de marzo de 2022

DISCURSO DEL DR. PEDRO MANUEL ARCAYA 1925


El Dr. Pedro Manuel Arcaya, Ministro de Relaciones Interiores, en el momento de pronunciar sus palabras de agradecimiento a los obreros de Caracas y al pueblo venezolano por el masivo acto de apoyo y cariño demostrado al Presidente de la República, Benemérito General Juan Vicente Gómez. Año 1925.  

DISCURSO

Señores:

El Benemérito General Gómez, Presidente de la República, nos ha honrado, al General Rafael María Velasco y a mí, designándonos para que lo representemos en este acto.

Así, pues, en su nombre, os expresamos que él acoge con entusiasmo la manifestación de adhesión a su persona y a la causa de la civilización por él representada, que hacéis en este día, bien llamado de la Paz, porque es el aniversario de aquel en que el General Gómez, hace 22 años, selló el proceso de nuestras guerras civiles librando la batalla de Ciudad Bolívar, última, hasta ahora, de las de importancia que registran nuestros anales, y que sin duda quedará siendo para siempre la postrera.

Alienta el patriotismo observar cómo el elemento obrero, los braceros, los jornaleros, los que viven del trabajo de sus manos, se han dado cuenta ya del funesto error en que antes incurrieron al prestarse a ser los soldados de revoluciones que no les interesaban, porque ellas no se proponían sino meros cambios en el personal de los Gobiernos, sin que jamás prometiese siquiera sus conductores ni mucho menos en modo alguno cuando triunfaban, la obra verdaderamente trascendental para el pueblo venezolano en que han debido empeñarse nuestros políticos, y no en pelear por exóticas teorías para encubrir ambiciones personales, a saber: el mejoramiento de las condiciones de vida de los obreros y jornaleros que constituyen, aquí como en todas partes, la mayoría, de modo se les presten plenas garantías, se fomente el progreso del país a fin de que logren ganar elevados salarios y así puedan practicar la virtud del ahorro, se les concedan facilidades para adquirir tierras y hacerse propietarios, o para iniciar cualquier pequeña industria y hacerse empresarios y se les estimule a que levanten con honra y dignidad sus hijos.

Mas, esta obra ha venido a realizarla, y la está realizando a cabalidad el Benemérito General Juan Vicente Gómez y en verdad que ella le ganará ante la posteridad el galardón más preciado entre los que ésta le adjudicará por los grandes bienes que le ha hecho a Venezuela.

Comparemos, si no el espectáculo de esta manifestación con el que en otras épocas presentaban los jornaleros de Venezuela. Ahora, obreros que me escucháis, os halláis contentos, tranquilos en el seno de la paz, asegurado vuestro bienestar con los altos jornales que percibís. Antes muchos de vosotros, o de vuestros compañeros de aquí mismo o del interior, andábais a cada momento huyendo de los reclutadores que querían forzaros al servicio de las armas para defender a efímeros gobiernos, atacados por bandas que se titulaban huestes revolucionarias; o bien estábais o estaban vuestros camaradas, incorporados a esas mismas bandas, y eran entonces las interminables correrías por los montes, hambrientos, semi-desnudos, comiendo escasamente de la propiedad ajena, muriendo a millares en oscuros campos de oscuras batallas, mientras que vuestros hijos sufrían indecibles penalidades en vuestros hogares abandonados.

Tristísimas escenas esas, que no se repetirán en Venezuela, porque el General Gómez cerró para siempre en la República el periodo de las guerras civiles, esto es el de la barbarie, y abrió la era definitiva del progreso.

Obreros: ya esas épocas funestas no volverán; pero nuevos problemas traerá consigo el progreso mismo que está haciendo irrupción en Venezuela. La creación de nuevas industrias entre ellas muy particularmente la del petróleo, suscitará cuestiones delicadas en las relaciones del capital y el trabajo. Ráfagas de tempestad soplan por el mundo. Hombres disociadores se han empeñado, en países extranjeros, en emplear la gran fuerza de las masas obreras para destruir la civilización actual, halagando a los trabajadores con el espejismo de otra civilización nueva que proclaman como más equitativa, pero donde han intentado poner en práctica sus doctrinas, sólo ruinas y desastres han causado, tenedlo presente, para que nunca os dejéis seducir por tales prédicas. Guardad como precioso tesoro vuestro buen sentido de las realidades, y apoyadas, como siempre, lo estarán vuestras aspiraciones por el Benemérito General Gómez, mientras ellas se encierren en fórmulas de justicia, vosotros seguiréis prosperando y haciendo más sólido vuestro actual bienestar.

Bien sabéis cuántas medidas benefactoras para el trabajo se han dictado ya, merced al influjo del Benemérito General Gómez, culminando en la abolición, mediante la última reforma constitucional, del odioso impuesto del trabajo personal.

Obreros de Venezuela: Tenéis razón en querer y sostener con firme decisión al hombre providente y previsivo que gobierna la República.

PEDRO MANUEL ARCAYA.

(Publicado en el Periódico "El Nuevo Diario", el 22 de julio de 1925).


miércoles, 29 de diciembre de 2021

EL GENERAL GÓMEZ Y LOS HOMBRES DE TRABAJO 1924

 

Multitud de trabajadores industriales se congregaron para aclamar al Benemérito General Juan Vicente Gómez, Presidente de la República de Venezuela. Año 1924. Caracas, Venezuela.

El General Gómez se enorgullece en primer término de ser un trabajador y nunca olvida, a pesar de su brillante carrera política y militar, que le ha llevado a ser el primer ciudadano de Venezuela, su acendrado amor al trabajo y su predilección por los humildes.

En la mañana de ayer tuvo efecto un acto por demás sencillo, pero que habla directamente al corazón del pueblo y expresa fielmente los sentimientos del Jefe del País hacia las clases trabajadoras, cuyo bienestar constituye uno de los principales objetivos del Benemérito General Gómez.

Con motivo de su actitud en el asunto de pasteurización de la leche, quiso el laborioso gremio que explota dicha industria expresarle su adhesión y agradecimiento. Así tuvieron ocasión de hacerlo al pie de la estatua de Sucre, en la Avenida 19 de Diciembre, mientras el Presidente de la República daba su paseo matinal.

Más de setecientos industriales se hallaban en aquel sitio. El General Gómez, a quien acompañaba el señor General José Vicente Gómez, Vicepresidente de la República e Inspector General del Ejército y muchos amigos y servidores, descendió de su automóvil y con la llaneza que le distingue, con su proverbial amabilidad, estrechó la mano de los honrados trabajadores con quienes departió algunos instantes.

"Yo también soy un hombre de trabajo", dijo el General Gómez. Palabras que cobran en sus labios el más puro acento de republicanismo y que sin duda serán escuchadas con satisfacción por todas las clases laboriosas del país, como lo fueron ayer por los que le agasajaban. El General Gómez se enorgullece en primer término de ser un trabajador y nunca olvida, a pesar de su brillante carrera política y militar, que le ha llevado a ser el primer ciudadano de Venezuela, su acendrado amor al trabajo y su predilección por los humildes. Esas palabras suyas, de una sencillez elocuente, expresan el soplo de justicia y de verdad que anima su alma de patriota con el cual ha podido transformar en breves años a nuestro país, arraigando en el corazón del pueblo honrado y laborioso la fe más profunda en el noble espíritu de justicia que lo guía en todos sus actos públicos y privados.

El General Gómez se retiró gratamente impresionado de la manifestación de esos trabajadores que le aclamaron con entusiasmo, y a quienes une un motivo más de agradecimiento con el Ilustre Conductor de los destinos nacionales. Gran número de los manifestantes de esos trabajadores se sumaron al séquito presidencial y le acompañaron en el paseo hasta su regreso a Miraflores.

(Publicado en el Periódico "El Nuevo Diario", el 4 de septiembre de 1924).


martes, 21 de diciembre de 2021

SOLEMNE MANIFESTACIÓN POPULAR AL GENERAL GÓMEZ 1925

 

Más de 30.000 obreros aclamaron como el Primer Obrero de Venezuela, al General Juan Vicente Gómez, Presidente de la República, dando una expresiva demostración de afecto, de solidaridad y de admiración del pueblo de Caracas hacia el Magistrado que ha hecho noble e incansable afán de su vida, la garantía de la Paz y la rehabilitación de la Patria. 

 LA SIGNIFICACIÓN DE LA FECHA

Caracas celebró ayer uno de sus más felices días, y oportuno es recordar la coincidencia de que, todavía recientes las gratas emociones de esa fecha de gloria que es el 5 de Julio, el espíritu popular volvió a exaltarse en el entusiasmo de otra efemérides trascendental dejada en nuestra historia también por el esfuerzo de un hombre profundamente inspirado en el culto de la Patria y en la mayor dignificación y bienestar de sus conciudadanos.

Nos referimos al Día de la Paz; a los festejos rendidos, al cabo de 22 años de tranquilidad pública, en conmemoración de un hecho que fue origen del resurgimiento nacional, y en el que entre el mismo fragor de una lucha cruenta se cimentó, afortunada, la obra del Pacificador, del General Juan Vicente Gómez, quien más tarde debía hacer culminar en cimas de civilización y de prosperidad el nombre y la vida de Venezuela.

Y consciente la nación de lo que aquel suceso significa, ha aprovechado el aniversario de la Batalla de Ciudad Bolívar para demostrar de la manera más expresiva, su gratitud, su admiración y su afecto hacia el Benemérito Caudillo que cada vez ampara con mayor voluntad y con mayores fuerzas, su ascenso a un brillante porvenir.

LA MANIFESTACIÓN

Desde las primeras horas de la mañana comenzó en toda la ciudad la espontánea demostración de un gran sentimiento de alegría.

El Comercio, y todas las oficinas de negocios, permanecieron cerrados, lo mismo que las casas industriales cuyos obreros se apresuraron a concurrir a la plaza de Pagüita, que a poco fue insuficiente para contener la inmensa muchedumbre allí congregada, y que fue invadiendo, llenándola casi en su totalidad, la Avenida Sucre, alcanzando la Plaza Juan C. Gómez hasta que a las 9 a.m. se dio principio al imponente desfile.

Todas las clases trabajadoras, hombres, mujeres y niños, en número de más de 30.000 hicieron acto de presencia, satisfechos de aquel acto que traducía ingenua gratitud.

Las distintas agremiaciones industriales de agricultores, las Sociedades Benéficas y Religiosas, integradas por obreros, perfectamente ordenadas y separadas en nutridos grupos, llevando cada una sus estandartes y todas un enjambre de banderas blancas con inscripciones alusivas en donde el nombre del General Gómez resaltaba entre votos de afecto, recorrió las calles de la ciudad ascendiendo desde Pagüita hacia Carmelitas y de aquí por el Capitolio a la Plaza Bolívar para hacer ofrenda de un bello pabellón de flores naturales ante la Estatua del Libertador. El hermoso homenaje tenía la siguiente inscripción: "Las clases trabajadoras de Venezuela a nuestro Libertador en el Día de la Paz, 21 de Julio de 1925".

De este punto siguió el grandioso cortejo hasta la Romualda y Corazón de Jesús, regresando al Palacio Federal, en donde esperaban a los manifestantes en representación del General Gómez, el señor doctor Pedro Manuel Arcaya, Ministro de Relaciones Interiores, y el señor General Rafael María Velasco, Gobernador del Distrito Federal; el General Lorenzo R. Carvallo, Prefecto del Departamento Libertador, y otros altos funcionarios públicos y amigos del General Gómez.

LOS DISCURSOS

Al llegar al Palacio Federal se detuvo allí la manifestación haciendo uso de la palabra para expresar su motivo, los señores Carlos Modesto Guevara y Manuel Antonio Escobar, representantes honorables de las clases obreras de Caracas, quienes elocuentemente hicieron resaltar en sus discursos el manifiesto cariñoso respeto y la intensa gratitud que guarda el obrero venezolano al General Gómez, en cuya personalidad verá siempre un verdadero protector.

Contestó el doctor Arcaya, Ministro del Interior, expresándose en la medulosa disertación con que, muy complacido, honra hoy sus columnas EL NUEVO DIARIO.

EL ORDEN

Movido unánimemente el pueblo por un sentimiento de satisfacción y de honda armonía, dentro del que cada quien quiso poner de manifiesto su íntimo culto al día, el orden fue perfecto.

El Dr. Pedro Manuel Arcaya, Ministro de Relaciones Interiores, en el momento de pronunciar sus palabras de agradecimiento a los obreros de Caracas y al pueblo venezolano por el masivo acto de apoyo y cariño demostrado al Presidente de la República, Benemérito General Juan Vicente Gómez. Año 1925.  

DISCURSO

Señores:

El Benemérito General Gómez, Presidente de la República, nos ha honrado, al General Rafael María Velasco y a mí, designándonos para que lo representemos en este acto.

Así, pues, en su nombre, os expresamos que él acoge con entusiasmo la manifestación de adhesión a su persona y a la causa de la civilización por él representada, que hacéis en este día, bien llamado de la Paz, porque es el aniversario de aquel en que el General Gómez, hace 22 años, selló el proceso de nuestras guerras civiles librando la batalla de Ciudad Bolívar, última, hasta ahora, de las de importancia que registran nuestros anales, y que sin duda quedará siendo para siempre la postrera.

Alienta el patriotismo observar cómo el elemento obrero, los braceros, los jornaleros, los que viven del trabajo de sus manos, se han dado cuenta ya del funesto error en que antes incurrieron al prestarse a ser los soldados de revoluciones que no les interesaban, porque ellas no se proponían sino meros cambios en el personal de los Gobiernos, sin que jamás prometiese siquiera sus conductores ni mucho menos en modo alguno cuando triunfaban, la obra verdaderamente trascendental para el pueblo venezolano en que han debido empeñarse nuestros políticos, y no en pelear por exóticas teorías para encubrir ambiciones personales, a saber: el mejoramiento de las condiciones de vida de los obreros y jornaleros que constituyen, aquí como en todas partes, la mayoría, de modo se les presten plenas garantías, se fomente el progreso del país a fin de que logren ganar elevados salarios y así puedan practicar la virtud del ahorro, se les concedan facilidades para adquirir tierras y hacerse propietarios, o para iniciar cualquier pequeña industria y hacerse empresarios y se les estimule a que levanten con honra y dignidad sus hijos.

Mas, esta obra ha venido a realizarla, y la está realizando a cabalidad el Benemérito General Juan Vicente Gómez y en verdad que ella le ganará ante la posteridad el galardón más preciado entre los que ésta le adjudicará por los grandes bienes que le ha hecho a Venezuela.

Comparemos, si no el espectáculo de esta manifestación con el que en otras épocas presentaban los jornaleros de Venezuela. Ahora, obreros que me escucháis, os halláis contentos, tranquilos en el seno de la paz, asegurado vuestro bienestar con los altos jornales que percibís. Antes muchos de vosotros, o de vuestros compañeros de aquí mismo o del interior, andábais a cada momento huyendo de los reclutadores que querían forzaros al servicio de las armas para defender a efímeros gobiernos, atacados por bandas que se titulaban huestes revolucionarias; o bien estábais o estaban vuestros camaradas, incorporados a esas mismas bandas, y eran entonces las interminables correrías por los montes, hambrientos, semi-desnudos, comiendo escasamente de la propiedad ajena, muriendo a millares en oscuros campos de oscuras batallas, mientras que vuestros hijos sufrían indecibles penalidades en vuestros hogares abandonados.

Tristísimas escenas esas, que no se repetirán en Venezuela, porque el General Gómez cerró para siempre en la República el periodo de las guerras civiles, esto es el de la barbarie, y abrió la era definitiva del progreso.

Obreros: ya esas épocas funestas no volverán; pero nuevos problemas traerá consigo el progreso mismo que está haciendo irrupción en Venezuela. La creación de nuevas industrias entre ellas muy particularmente la del petróleo, suscitará cuestiones delicadas en las relaciones del capital y el trabajo. Ráfagas de tempestad soplan por el mundo. Hombres disociadores se han empeñado, en países extranjeros, en emplear la gran fuerza de las masas obreras para destruir la civilización actual, halagando a los trabajadores con el espejismo de otra civilización nueva que proclaman como más equitativa, pero donde han intentado poner en práctica sus doctrinas, sólo ruinas y desastres han causado, tenedlo presente, para que nunca os dejéis seducir por tales prédicas. Guardad como precioso tesoro vuestro buen sentido de las realidades, y apoyadas, como siempre, lo estarán vuestras aspiraciones por el Benemérito General Gómez, mientras ellas se encierren en fórmulas de justicia, vosotros seguiréis prosperando y haciendo más sólido vuestro actual bienestar.

Bien sabéis cuántas medidas benefactoras para el trabajo se han dictado ya, merced al influjo del Benemérito General Gómez, culminando en la abolición, mediante la última reforma constitucional, del odioso impuesto del trabajo personal.

Obreros de Venezuela: Tenéis razón en querer y sostener con firme decisión al hombre providente y previsivo que gobierna la República.

PEDRO MANUEL ARCAYA.

(Publicado en el Periódico "El Nuevo Diario", el 22 de julio de 1925).


jueves, 17 de diciembre de 2020

A LA MEMORIA DEL GENERAL GÓMEZ

(Por: Rafael Ángel Arráiz)

Publicado en el diario “El Universal”, el 22 de Diciembre de 1938.

Impresionante multitud del pueblo presente durante el entierro del Benemérito General Juan Vicente Gómez, Presidente de la República de Venezuela.

Caracas, 17 de diciembre de 1938. Hace hoy tres años que murió el General Gómez en su residencia campestre de Maracay.

Yo le ví morir. Estuve a su lado durante las horas de su altiva agonía; oí sus últimas palabras; contemplé las expresiones postreras de su rostro moribundo, que delataban la persistente tortura de crueles dolores, mientras contemplaba también intacta en la mesa de noche la ampolleta de sedol que se negó a poner; ví cuando al despedirse de la vida abrió los ojos para besar el Cristo de marfil que manos filiales habían colocado sobre sus labios; y, ya cadáver, besé su frente cayendo sobre ella las lágrimas de mi pena, y estreché entre las mías aquella mano varonil que durante veinte y siete años mantuvo en alto y con gloria y sin que sufriera nunca ni la afrenta de una amenaza, ni la vacilación de una incertidumbre, ni la perspectiva de un peligro, ni el sonrojo de una debilidad, la Bandera que cobijó la sombra augusta del Libertador.

Lleno de solicitud conmovida, presté mi concurso en los preparativos del entierro, que fue cesáreo; y ayudé a enjaezar para la ceremonia en la oficina de sus hijos, que me son tan queridos, aquel su predilecto caballo de fuego como su nombre: Fogonazo, en donde varias veces le vimos erguido pasando revista al Ejército en parada, unas en las llanuras maracayeras, otras en el Campo de Carabobo frente al soberbio Monumento que su devoción bolivariana levantó a la gloria de nuestro Gran Padre y Señor. Metí mi hombro bajo el féretro empenechado con la Bandera Nacional; y contemplé aquella manifestación silenciosa que lo condujo hasta el sepulcro, comparable tan solo en solemnidad a aquella otra manifestación estruendosa que pocos años antes le había tributado el pueblo de Caracas, cuando al juramentar su última Presidencia le condujo desde el Capitolio hasta Miraflores llevándolo casi a cuestas solitario en su carro descubierto de doce cilindros.

Testigo fuí de los acontecimientos de aquellos días. Testigo de las actitudes de sus hombres; de las lágrimas que cayeron sobre su yerto cuerpo; de los gritos escapados de pechos varoniles; de los húmedos ósculos que se estamparon sobre su frente; testigo de todo aquel dolor silencioso, respetuoso, solemne, que rodeó su sarcófago ante el cual se inclinaron espadas y charreteras, frentes y corazones. Y cuando le dejamos allí, al abrigo de las florestas risueñas de Aragua que él amó tanto o más que a sus nativas montañas andinas, legó a la nación el tesoro de ese brillante Ejército que constituye el orgullo primordial de la República, el sostén y seguridad de la patria, la perdurabilidad de las instituciones, del hogar, de la familia, de las tradiciones venezolanas, de la majestad de la Bandera que ampara el reposo de nuestros Héroes.

Ahora después de tres años al volver a la Patria, he recorrido todos aquellos sitios y las cosas grandes que dejó a su paso y que eternizan su memoria; así como las cosas humildes como su vida que le eran familiares, desde el retiro campesino que le prestó refugio hasta el lecho angosto y de hierro sin cortinajes donde rindió sin una queja su vida. Allí, en medio de las campiñas aragüeñas, fue donde con sus propias manos colgó de los cintos varoniles las espadas que hoy son el sustentáculo de la paz, y desde allí mantuvo siempre, como una advertencia, montada su guardia de leones en las patrias fronteras para asegurar la integridad nacional.

Y es también ahora, a los tres años de su muerte, que me toca a mí, a un hombre civil que le sirvió lealmente, responsablemente, y con un absoluto desinterés, dejar sobre su tumba estas frases de consecuencia a su memoria, en medio de la tempestad de ultrajes desatada contra ella y que es hija del contubernio abominable del despecho impotente de la demagogia destructora.

Largos años estuve al servicio del Gobierno que presidió el General Gómez en cargos de confianza y teniendo a veces en mis manos la autoridad ejecutiva. Jamás recibí de él la más pequeña insinuación que me obligara a saltar por sobre los límites de la equidad y de la corrección; antes por el contrario, y yo no tengo reparo en declararlo así, cuando me fue indispensable tal vez extralimitar la acción en defensa de los intereses públicos puestos bajo mi responsabilidad, tuve siempre necesidad, para no desmerecer en su confianza, de aclarar mis actitudes y de justificar mi conducta. Nunca le oímos sino recomendar a sus servidores el buen comportamiento; y no fueron pocos los amigos de su cariño, y hasta familiares muy queridos, a quienes relegó para siempre de su lado como consecuencia de injustificados procedimientos. Le serví en la más alta representación diplomática y estuve como Delegado del país en Conferencias Internacionales donde se ventilaron graves cuestiones que interesaban a la República. Y al recordar este honor, lo hago para afirmar que siempre junto a su memorándum de instrucciones, venía de parte de él este mensaje encendido como una antorcha de fiel nacionalismo: “Somos amigos de todos, pero más que amigos de Venezuela; y a la hora de defender los intereses de Venezuela, no somos amigos de nadie”.

Durante los largos años también viví a su lado sin dejar de verle y de oírle un solo día, durante varias veces. En esa permanencia a su lado tuve oportunidad de acumular un precioso material que anda por ahí casi organizado, con el cual espero contribuir en su hora al conocimiento de hechos y sucesos de nuestra historia política, acaso sensacionales. En esos trabajos figuran sus hombres y la colaboración que le prestaron; los proyectos que acarició y que en su mayor parte fracasaron por el estatismo y la inercia de algunos; sus anhelos por engrandecer el trabajo y la vida del campesino y sus necesidades, que siempre puso por encima de las del obrero; y hasta sus visiones atrevidas de renovación política hijas de su mirada de águila. Hasta hay en ese material cosas regocijadas que pertenecen al género chico, que de todo tuvo a su lado: desde el hombre de acción siempre listo para el sacrificio por la patria, hasta el tipo pintoresco que vivió arrimado a la sombra de su luz, y el consumado actor que supo representar su farsa y que nunca prestaron ni una idea, ni un esfuerzo, ni una iniciativa, a la obra del bien público. En medio de todos fue el único que siempre estuvo en su puesto sin desorbitarse un solo instante. En la hora risueña, como en las horas de tragedia, se encogía de hombros y con elegante desdén escuchaba la algarabía estruendosa de los farsantes. Tenía la conciencia de su destino; y siendo como era un hombre de extrema humildad, de una modestia insuperable que no alteraron nunca los halagos de la vanidad, para representar a la patria, a la Magistratura que ejercía, al poder público confiado a su pericia, invistió su figura de una majestad respetuosa, de una incontrastable autoridad, de un atributo de mando que no le abandonó ni cuando estaba tendido en su urna funeraria. Como Jefe de Estado, en toda su vida y en cualquier instante de ella, guardó la postura altiva de quien está oyendo el Himno Nacional o agitando en sus manos la Bandera de la Patria. Por eso nadie antes que él dió nunca el primer paso. En medio de los pro-hombres que le visitaban a menudo para rendirle pleitesía: Mariscales de Francia; Caudillos victoriosos que mandaron legiones en la Guerra Mundial; Jefes de Estado; Ases de la Aviación; políticos notables; Literatos de fama; hombres de ciencia; diplomáticos; mitrados; millonarios; grandes poetas; todo lo que es en fin orgullo y prez del mundo moderno que pasó por su lado, sintió enseguida el desconcierto de su personalidad extraordinaria ante la cual ninguna apareció nunca más alta. Hasta cuando llegó a su poder como una ofrenda la espada veterana de Tannenberg, la supo empuñar con su mano fuerte de venezolano auténtico.

Nunca le oí en los años que pasé a su lado pronunciar una palabra malsonante; ni nunca le ví humillar a nadie; ni hablar mal de nadie; ni tolerar que en su presencia se hablase mal de nadie; así fuese de sus más enconados enemigos, a quienes siempre consideró hombres resueltos. La disciplina de su vida fue perfecta, y se la infundió a todos: a sus hijos y a sus servidores, a jueces y soldados, a civiles y militares. Fue el primer gobernante que llevó a los más altos cargos de la milicia y de la magistratura a los hijos del pueblo que habían sabido iluminar su vida por el trabajo, por la eficacia, por la competencia y las virtudes. Hijo del pueblo como era, de genuina extracción popular, nacido en la montaña y desde niño en lucha perenne con la existencia hasta llegar a la cumbre donde llegó y poder “entrar a caballo en la historia”, su vida constituye la más alta expresión del triunfo del personal esfuerzo, el ejemplo más elocuente de hasta donde es capaz de llegar el hijo del pueblo venezolano cuando lo alientan y fortalecen las virtudes de la fe, de la constancia y del honor. No en balde, ni por obra de las casualidades, se manda veinte y siete años en un país como Venezuela, ni se gobierna con la autoridad con que supo hacerlo el General Juan Vicente Gómez, sin poseer un magnífico tesoro de extraordinarias dotes. Quienes tratan de empequeñecer su personalidad de venezolano, lo que hacen es reducirse ellos mismos al oscuro rincón de su propia insignificancia.

Esta pequeña página de recuerdo se la debía yo al General Gómez por un imperativo de gratitud, que es para mí la suprema moral humana. Fuera de la estimación con que me honró, del apoyo que le prestó como un lazarillo ideal a los primeros pasos de mi juventud, agrego para cerrar estas líneas, un desahogo de mis personales sentimientos que justifica la inquebrantable fidelidad de mi recuerdo. Y es el siguiente:

Estaba yo postrado en la Clínica de los Mayo esperando ser sometido a una operación considerada mortal. Advertido de este peligro por la voz de la sabiduría y de la ciencia para que tomase las providencias del caso desesperado, seguro de morir, puse entonces bajo el amparo de la piedad del General Gómez el único tesoro que he tenido en mi vida y que son mi noble compañera y mis hijos. La respuesta no tardó horas. “Opérese tranquilo, que en caso desgraciado yo velaré por su familia”.

Entonces, ante aquel despacho que me venía de la patria lejana envuelta en el vago perfume de la esperanza, me tendí tranquilo en la mesa de operaciones de la célebre Clínica que es un orgullo de la humanidad. Había desaparecido la preocupación torturante de mis pensamientos ante aquellas frases finales del cablegrama, cuyo valor yo conocía.

En efecto, no había realidad comparable a una promesa del General Gómez; ni nada más seguro que su palabra; ni nada más firme que su diestra tendida; ni nada más leal que sus brazos abiertos.

RAFAEL ÁNGEL ARRÁIZ

  El Arzobispo de Caracas, Monseñor Rincón González, acompaña el cortejo fúnebre con los restos del Presidente de la República de Venezuela, Benemérito General Juan Vicente Gómez, por las calles de Maracay junto con la multitud del pueblo.

El féretro del Presidente de la República de Venezuela, Benemérito General Juan Vicente Gómez, siendo conducido a hombros por las calles de Maracay. Sobrevuelan cuadrillas de la Aviación Militar Venezolana en homenaje a su Fundador ante la gran concurrencia del pueblo venezolano. Varias carrozas portan coronas fúnebres como expresión de admiración, cariño y recuerdo.

El Presidente de la República de Venezuela, Benemérito General Juan Vicente Gómez, recibiendo los máximos honores militares en el Panteón de la ciudad de Maracay en donde reposan sus restos.

Pueden ver los siguientes videos históricos:

Juan Vicente Gómez: Tiempo y figura.

Juan Vicente Gómez, recordado por su pueblo.

Juan Vicente Gómez: Semblanza histórica.

El Panteón del General Juan Vicente Gómez.