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jueves, 17 de diciembre de 2020

A LA MEMORIA DEL GENERAL GÓMEZ

(Por: Rafael Ángel Arráiz)

Publicado en el diario “El Universal”, el 22 de Diciembre de 1938.

Impresionante multitud del pueblo presente durante el entierro del Benemérito General Juan Vicente Gómez, Presidente de la República de Venezuela.

Caracas, 17 de diciembre de 1938. Hace hoy tres años que murió el General Gómez en su residencia campestre de Maracay.

Yo le ví morir. Estuve a su lado durante las horas de su altiva agonía; oí sus últimas palabras; contemplé las expresiones postreras de su rostro moribundo, que delataban la persistente tortura de crueles dolores, mientras contemplaba también intacta en la mesa de noche la ampolleta de sedol que se negó a poner; ví cuando al despedirse de la vida abrió los ojos para besar el Cristo de marfil que manos filiales habían colocado sobre sus labios; y, ya cadáver, besé su frente cayendo sobre ella las lágrimas de mi pena, y estreché entre las mías aquella mano varonil que durante veinte y siete años mantuvo en alto y con gloria y sin que sufriera nunca ni la afrenta de una amenaza, ni la vacilación de una incertidumbre, ni la perspectiva de un peligro, ni el sonrojo de una debilidad, la Bandera que cobijó la sombra augusta del Libertador.

Lleno de solicitud conmovida, presté mi concurso en los preparativos del entierro, que fue cesáreo; y ayudé a enjaezar para la ceremonia en la oficina de sus hijos, que me son tan queridos, aquel su predilecto caballo de fuego como su nombre: Fogonazo, en donde varias veces le vimos erguido pasando revista al Ejército en parada, unas en las llanuras maracayeras, otras en el Campo de Carabobo frente al soberbio Monumento que su devoción bolivariana levantó a la gloria de nuestro Gran Padre y Señor. Metí mi hombro bajo el féretro empenechado con la Bandera Nacional; y contemplé aquella manifestación silenciosa que lo condujo hasta el sepulcro, comparable tan solo en solemnidad a aquella otra manifestación estruendosa que pocos años antes le había tributado el pueblo de Caracas, cuando al juramentar su última Presidencia le condujo desde el Capitolio hasta Miraflores llevándolo casi a cuestas solitario en su carro descubierto de doce cilindros.

Testigo fuí de los acontecimientos de aquellos días. Testigo de las actitudes de sus hombres; de las lágrimas que cayeron sobre su yerto cuerpo; de los gritos escapados de pechos varoniles; de los húmedos ósculos que se estamparon sobre su frente; testigo de todo aquel dolor silencioso, respetuoso, solemne, que rodeó su sarcófago ante el cual se inclinaron espadas y charreteras, frentes y corazones. Y cuando le dejamos allí, al abrigo de las florestas risueñas de Aragua que él amó tanto o más que a sus nativas montañas andinas, legó a la nación el tesoro de ese brillante Ejército que constituye el orgullo primordial de la República, el sostén y seguridad de la patria, la perdurabilidad de las instituciones, del hogar, de la familia, de las tradiciones venezolanas, de la majestad de la Bandera que ampara el reposo de nuestros Héroes.

Ahora después de tres años al volver a la Patria, he recorrido todos aquellos sitios y las cosas grandes que dejó a su paso y que eternizan su memoria; así como las cosas humildes como su vida que le eran familiares, desde el retiro campesino que le prestó refugio hasta el lecho angosto y de hierro sin cortinajes donde rindió sin una queja su vida. Allí, en medio de las campiñas aragüeñas, fue donde con sus propias manos colgó de los cintos varoniles las espadas que hoy son el sustentáculo de la paz, y desde allí mantuvo siempre, como una advertencia, montada su guardia de leones en las patrias fronteras para asegurar la integridad nacional.

Y es también ahora, a los tres años de su muerte, que me toca a mí, a un hombre civil que le sirvió lealmente, responsablemente, y con un absoluto desinterés, dejar sobre su tumba estas frases de consecuencia a su memoria, en medio de la tempestad de ultrajes desatada contra ella y que es hija del contubernio abominable del despecho impotente de la demagogia destructora.

Largos años estuve al servicio del Gobierno que presidió el General Gómez en cargos de confianza y teniendo a veces en mis manos la autoridad ejecutiva. Jamás recibí de él la más pequeña insinuación que me obligara a saltar por sobre los límites de la equidad y de la corrección; antes por el contrario, y yo no tengo reparo en declararlo así, cuando me fue indispensable tal vez extralimitar la acción en defensa de los intereses públicos puestos bajo mi responsabilidad, tuve siempre necesidad, para no desmerecer en su confianza, de aclarar mis actitudes y de justificar mi conducta. Nunca le oímos sino recomendar a sus servidores el buen comportamiento; y no fueron pocos los amigos de su cariño, y hasta familiares muy queridos, a quienes relegó para siempre de su lado como consecuencia de injustificados procedimientos. Le serví en la más alta representación diplomática y estuve como Delegado del país en Conferencias Internacionales donde se ventilaron graves cuestiones que interesaban a la República. Y al recordar este honor, lo hago para afirmar que siempre junto a su memorándum de instrucciones, venía de parte de él este mensaje encendido como una antorcha de fiel nacionalismo: “Somos amigos de todos, pero más que amigos de Venezuela; y a la hora de defender los intereses de Venezuela, no somos amigos de nadie”.

Durante los largos años también viví a su lado sin dejar de verle y de oírle un solo día, durante varias veces. En esa permanencia a su lado tuve oportunidad de acumular un precioso material que anda por ahí casi organizado, con el cual espero contribuir en su hora al conocimiento de hechos y sucesos de nuestra historia política, acaso sensacionales. En esos trabajos figuran sus hombres y la colaboración que le prestaron; los proyectos que acarició y que en su mayor parte fracasaron por el estatismo y la inercia de algunos; sus anhelos por engrandecer el trabajo y la vida del campesino y sus necesidades, que siempre puso por encima de las del obrero; y hasta sus visiones atrevidas de renovación política hijas de su mirada de águila. Hasta hay en ese material cosas regocijadas que pertenecen al género chico, que de todo tuvo a su lado: desde el hombre de acción siempre listo para el sacrificio por la patria, hasta el tipo pintoresco que vivió arrimado a la sombra de su luz, y el consumado actor que supo representar su farsa y que nunca prestaron ni una idea, ni un esfuerzo, ni una iniciativa, a la obra del bien público. En medio de todos fue el único que siempre estuvo en su puesto sin desorbitarse un solo instante. En la hora risueña, como en las horas de tragedia, se encogía de hombros y con elegante desdén escuchaba la algarabía estruendosa de los farsantes. Tenía la conciencia de su destino; y siendo como era un hombre de extrema humildad, de una modestia insuperable que no alteraron nunca los halagos de la vanidad, para representar a la patria, a la Magistratura que ejercía, al poder público confiado a su pericia, invistió su figura de una majestad respetuosa, de una incontrastable autoridad, de un atributo de mando que no le abandonó ni cuando estaba tendido en su urna funeraria. Como Jefe de Estado, en toda su vida y en cualquier instante de ella, guardó la postura altiva de quien está oyendo el Himno Nacional o agitando en sus manos la Bandera de la Patria. Por eso nadie antes que él dió nunca el primer paso. En medio de los pro-hombres que le visitaban a menudo para rendirle pleitesía: Mariscales de Francia; Caudillos victoriosos que mandaron legiones en la Guerra Mundial; Jefes de Estado; Ases de la Aviación; políticos notables; Literatos de fama; hombres de ciencia; diplomáticos; mitrados; millonarios; grandes poetas; todo lo que es en fin orgullo y prez del mundo moderno que pasó por su lado, sintió enseguida el desconcierto de su personalidad extraordinaria ante la cual ninguna apareció nunca más alta. Hasta cuando llegó a su poder como una ofrenda la espada veterana de Tannenberg, la supo empuñar con su mano fuerte de venezolano auténtico.

Nunca le oí en los años que pasé a su lado pronunciar una palabra malsonante; ni nunca le ví humillar a nadie; ni hablar mal de nadie; ni tolerar que en su presencia se hablase mal de nadie; así fuese de sus más enconados enemigos, a quienes siempre consideró hombres resueltos. La disciplina de su vida fue perfecta, y se la infundió a todos: a sus hijos y a sus servidores, a jueces y soldados, a civiles y militares. Fue el primer gobernante que llevó a los más altos cargos de la milicia y de la magistratura a los hijos del pueblo que habían sabido iluminar su vida por el trabajo, por la eficacia, por la competencia y las virtudes. Hijo del pueblo como era, de genuina extracción popular, nacido en la montaña y desde niño en lucha perenne con la existencia hasta llegar a la cumbre donde llegó y poder “entrar a caballo en la historia”, su vida constituye la más alta expresión del triunfo del personal esfuerzo, el ejemplo más elocuente de hasta donde es capaz de llegar el hijo del pueblo venezolano cuando lo alientan y fortalecen las virtudes de la fe, de la constancia y del honor. No en balde, ni por obra de las casualidades, se manda veinte y siete años en un país como Venezuela, ni se gobierna con la autoridad con que supo hacerlo el General Juan Vicente Gómez, sin poseer un magnífico tesoro de extraordinarias dotes. Quienes tratan de empequeñecer su personalidad de venezolano, lo que hacen es reducirse ellos mismos al oscuro rincón de su propia insignificancia.

Esta pequeña página de recuerdo se la debía yo al General Gómez por un imperativo de gratitud, que es para mí la suprema moral humana. Fuera de la estimación con que me honró, del apoyo que le prestó como un lazarillo ideal a los primeros pasos de mi juventud, agrego para cerrar estas líneas, un desahogo de mis personales sentimientos que justifica la inquebrantable fidelidad de mi recuerdo. Y es el siguiente:

Estaba yo postrado en la Clínica de los Mayo esperando ser sometido a una operación considerada mortal. Advertido de este peligro por la voz de la sabiduría y de la ciencia para que tomase las providencias del caso desesperado, seguro de morir, puse entonces bajo el amparo de la piedad del General Gómez el único tesoro que he tenido en mi vida y que son mi noble compañera y mis hijos. La respuesta no tardó horas. “Opérese tranquilo, que en caso desgraciado yo velaré por su familia”.

Entonces, ante aquel despacho que me venía de la patria lejana envuelta en el vago perfume de la esperanza, me tendí tranquilo en la mesa de operaciones de la célebre Clínica que es un orgullo de la humanidad. Había desaparecido la preocupación torturante de mis pensamientos ante aquellas frases finales del cablegrama, cuyo valor yo conocía.

En efecto, no había realidad comparable a una promesa del General Gómez; ni nada más seguro que su palabra; ni nada más firme que su diestra tendida; ni nada más leal que sus brazos abiertos.

RAFAEL ÁNGEL ARRÁIZ

  El Arzobispo de Caracas, Monseñor Rincón González, acompaña el cortejo fúnebre con los restos del Presidente de la República de Venezuela, Benemérito General Juan Vicente Gómez, por las calles de Maracay junto con la multitud del pueblo.

El féretro del Presidente de la República de Venezuela, Benemérito General Juan Vicente Gómez, siendo conducido a hombros por las calles de Maracay. Sobrevuelan cuadrillas de la Aviación Militar Venezolana en homenaje a su Fundador ante la gran concurrencia del pueblo venezolano. Varias carrozas portan coronas fúnebres como expresión de admiración, cariño y recuerdo.

El Presidente de la República de Venezuela, Benemérito General Juan Vicente Gómez, recibiendo los máximos honores militares en el Panteón de la ciudad de Maracay en donde reposan sus restos.

Pueden ver los siguientes videos históricos:

Juan Vicente Gómez: Tiempo y figura.

Juan Vicente Gómez, recordado por su pueblo.

Juan Vicente Gómez: Semblanza histórica.

El Panteón del General Juan Vicente Gómez.

martes, 13 de octubre de 2020

LA NEUTRALIDAD DE VENEZUELA EN LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL

 

Primera Guerra Mundial (1914 - 1918).

La presente carta fue escrita y publicada en Panamá por el señor Rafael Ángel Arráiz, mientras ejercía el cargo de Cónsul de Venezuela en aquella República, con residencia en Colón. En ella se expone el verdadero concepto de la actitud del Benemérito General Juan Vicente Gómez, Presidente de la República de Venezuela y su Gobierno, en medio del conflicto armado durante la Primera Guerra Mundial. 


Colón, República de Panamá, 10 de diciembre de 1917.

Señor Director de “La Estrella de Panamá”.

Panamá.

Su ilustrado diario publicó en estos días un grave artículo sobre Venezuela, el cual tomó del periódico norteamericano The New York Herald.

El referido artículo, con el cual se ha pretendido sorprender a la opinión pública en asunto de tanta gravedad, ha sido inspirado, como lo dice el diario neoyorquino, por un venezolano; por uno de la media docena de malos patriotas que forman el circulito enemigo residente en Nueva York, y el cual está constituido por elementos ruidosamente fracasados en la vida pública de Venezuela. Sin excepción alguna, todos y cada uno de ellos fueron altos empleados de mi Gobierno, pero debido a la ineptitud de unos y a la probada deslealtad de todos, tuvo que alejarlos del Gobierno el General Gómez, primero por constituir un obstáculo para la política de unión que impera en mi país, y luego porque no se ocupaban sino de las bajas intrigas políticas en beneficio personal, desatendiendo escandalosamente la administración de los intereses públicos.

Ellos han informado al periódico americano que “Venezuela está sometida a la influencia germana y regida por agentes prusianos” y otras atroces calumnias, con las cuales, en busca de apoyo para sus locas ambiciones, atentan más bien que contra nosotros contra el seno sagrado de la inocente Patria.

En mi país, ni aún en una época desenfrenada y de caos absoluto como fuera el Gobierno de Castro, en ninguna época de su historia, ha privado jamás ninguna influencia de fuera: ni germana, ni inglesa, ni francesa, ni española, ni americana. Todo cuanto en los anales de mi Patria ha ocurrido, bueno o malo, desde la Independencia hasta nuestro progreso actual, es obra exclusiva nuestra y a nuestras propias virtudes o vicios se le debe. Allá tenemos descansando en su reposo augusto las cenizas del Libertador y ellas constituyen el sagrado Paladión de la Patria!

Lo que hay de cierto en la pretendida influencia germana de que hablan nuestros contrarios es que ellos, viéndose reducidos a la impotencia por el desprecio de la opinión pública y envidiosos de los triunfos que gana a diario el General Gómez en la Administración, llegan en su extravío hasta comprometer a la República pretendiendo malquistarle el cariño de sus tradicionales amigas Francia y los Estados Unidos, sin pensar que con esto pueden desgarrar la veste inmaculada de la Patria tranquila.

En una palabra: andan cambiando honor por pan, precisamente en esta hora grave en que todos los hombres de conciencia, en medio de la espantosa conflagración que ha destruido todas cuantas fueron rutas felices de la humana vida, sacrifican hasta las ambiciones más legítimas en los altares de la Patria y fortalecen la acción de sus gobiernos legales para defender como es debido el honor y la gloria de la bandera. Si esos malos patriotas vivieran en Alemania o Turquía dirían entonces que Venezuela estaba sometida a la influencia de los Aliados, a fin de buscar el apoyo de turcos o germanos para sus ambiciones de poder.

Mientras estos compatriotas descarriados están realizando semejante peligrosa propaganda, que apunta como una espada de fuego al propio corazón de la Patria, el Presidente Gómez, con la conciencia de su hombría de bien y seguro del cariño del pueblo, que es la verdadera fuerza de Gobierno, continúa imperturbable realizando su obra de progreso en Venezuela: inaugurando carreteras modernísimas que hoy cruzan el territorio nacional en millares de millas; inaugurando fábricas de papel, fábricas para las extracciones de taninos; inaugurando Centrales azucareros; inaugurando refinerías petroleras; inaugurando Compañías de Navegación; instando con la palabra y con el ejemplo el laboreo de la tierra, a fin de que nos bastemos a nosotros mismos, realizando en suma su obra personal que se reduce no sólo a encaminar los pueblos hacia delante, sino en dirigirlos hacia arriba.

El New York Herald ha sido sorprendido por una información calumniosa, y los quilates morales de quienes la dieron pueden apreciarse claramente al ver que ella atenta hasta con los sagrados intereses de su propia Patria.

En medio de su honrada neutralidad, Venezuela está llena de duelo por los horrores del incomparable conflicto; las válvulas de su caridad se han abierto para el socorro de las víctimas de la guerra en magníficos festivales sociales, como el que acaba de verificarse en Caracas a beneficio de la Cruz Roja Británica, y sus anhelos por la paz tocan los límites de férvidas instancias. Presenciamos conmovidos la hecatombe, yéndose las mejores simpatías de la nación hacia Francia y los Estados Unidos, por tradición, por sentimientos, por nuestro probado amor a la libertad, al heroísmo, al arte y al patriotismo sin mancillas.

Las presentes líneas llevan únicamente el propósito de volver por los fueros de la santa verdad, rectificando el artículo del New York Herald, y nunca para señalar la actitud sospechosa de los malos hijos de la Patria, quienes llevan en la conciencia el eco de su propia reprobación, Venezuela no se ocupa de ellos; y en cuanto al General Gómez, tanto se le dan los manejos de los contrarios como las hojas que a veces caen sobre él en las campiñas de Maracay desde lo alto de una rama seca!

Soy del señor Director, su servidor y amigo,

Rafael Ángel Arráiz

Cónsul General de Venezuela

(Publicado en “El Nuevo Diario”, el 19 de junio de 1918).