martes, 22 de septiembre de 2020

EL HOMBRE NECESARIO

 (Por: Arturo Hidalgo R.)

El Presidente de la República, Benemérito General Juan Vicente Gómez, recibiendo sonriente un ramo de flores lanzado desde el cielo maracayero por la Aviación Militar Venezolana, fundada por su persona, siendo acompañado con el cariño y admiración del pueblo aragϋeño. Año 1930.

Nunca se aprecia un bien hasta que se pierde, ni un mal hasta que se siente. 

Cuatro o cinco meses antes de su muerte ordenó el General Juan Vicente Gómez, Presidente de la República de Venezuela, que no se les diera de comer a las gallinas de “Las Delicias” durante 24 horas. Al día siguiente, se encaminó hacia ellas y les arrojó un grano de maíz, el cual desapareció en el acto como por arte de magia. Gómez se dirigió entonces a sus acompañantes preguntándoles si podrían decirle cuál gallina se había comido el granito, y ante la unánime respuesta negativa comentó el sabio Presidente:

“Pues eso es lo que va a ocurrir cuando yo muera. Se va a acabar el Tesoro, y nadie va a saber quién se lo cogió”.

La fantástica danza y desaparición de los millones que presenció vergonzosamente nuestra República, después de la muerte del Benemérito General Gómez, nos trae a la memoria aquella curiosa e interesante anécdota como una gran lección.

Impresionante manifestación del pueblo de Caracas rodeando el edificio del Congreso Nacional, aclamando con delirante entusiasmo al Presidente de la República, Benemérito General Juan Vicente Gómez. Vista de la esquina de La Bolsa, el 13 de julio de 1931.

El 17 de Diciembre de 1935, murió en la ciudad de Maracay el General Juan Vicente Gómez, después de haber pacificado y rehabilitado la República. Había encontrado a Venezuela pobre y humillada por el bloqueo de poderosas naciones y la dejó rica y respetada; la encontró agobiada por las deudas y la dejó solvente; la encontró con sus pueblos aislados entre sí y la dejó cruzada por carreteras; organizó las finanzas; creó la industria petrolera; fomentó compañías ganaderas, lactuarios, telares, jabonerías y fábricas de papel; estableció los subsidios y créditos agrícolas sin objetivos políticos; construyó los edificios que realmente se necesitaban entonces y numerosos acueductos y cloacas; decuplicó las escuelas; modernizó el Ejército: erigió los grandiosos monumentos que reclamaban las glorias de nuestros libertadores; transformó a Maracay en orgullo de la arquitectura urbana de Venezuela, y nos dejó ciento veinte millones de bolívares en caja.

Si eso hizo en lo administrativo, no menos hizo en lo político y social. Había encontrado a Venezuela víctima de las ambiciones de numerosos caudillos y eran el crimen, los robos y atracos espectáculos corrientes en las calles de Caracas. Tenía frente a él una situación bochornosa e insoportable que había que eliminar, y la eliminó con la habilidad, el sentido común, la firmeza y la rectitud que le eran característicos.

Se necesitaba paz y la impuso con persuasión y rigor. Se necesitaban carreteras y no había rentas sino vagos y maleantes: pues hizo con vagos y maleantes algunas carreteras que no podía construir con rentas. De esa manera hacía dos cosas útiles: carreteras y hombres.

La creación de nuevas riquezas, el sosiego de la familia venezolana y el prestigio de la nación reclamaban orden y seriedad, y él impuso el orden y la seriedad. El hombre de trabajo, y que de su trabajo vive, exige orden, garantías, seguridad personal y estímulo para sus actividades, Gómez se los dio a Venezuela.

Fue un gobierno práctico y ajustado al ambiente y a las necesidades nacionales. Versados en industrias, finanzas y leyes mineras fueron sus principales colaboradores, y sus verdaderos amigos los agricultores, los criadores y los soldados valerosos y leales.

Su indiscutible personalidad y la general convicción de que actuaba paternalmente y con una vehemente responsabilidad de sus actos, así como su instintiva repulsión por los llamados aristócratas venezolanos, y su cariño y consagración a los humildes y trabajadores hombres del campo, le granjearon la adhesión popular.

A la muerte del General Gómez, nuestra nación fue víctima de charlatanes, vocingleros y parásitos, que nos lanzaron a un caos sin precedentes, en el cual reinaron desenfrenadamente la falta de garantías para el trabajo, la inseguridad personal, la alarmante carestía y escasez de alimentos, el asombroso incremento de la burocracia y con ella la vagancia, y el despilfarro de las enormes rentas provenientes de nuevos impuestos y de la industria petrolera, que a fuerza de orden, competencia, honradez y respeto, logró crear y desarrollar el Presidente Gómez.

Por eso ahora saben más a verdad las palabras del propio General Eleazar López Contreras cuando se expresó diciendo que la muerte del General Juan Vicente Gómez era una pérdida irreparable para la Patria.

Cuando vemos las indiscutibles realizaciones de Gómez, casi unánimemente reconocidas ahora, y el tremendo, trágico y ridículo fracaso de sus detractores, tenemos la impresión de que hemos recibido una dura lección de la realidad, para aprender que por regla general ningún vocinglero charlatán o insultador sirve para nada, aunque le den todos los medios, inclusive el poder, para que haga lo que piense o desee.

Desde que se inició en el poder, tuvo el Presidente Gómez la orgullosa resolución nacionalista de cancelar todas las deudas externas de Venezuela, y realizó este propósito como todos los que se impuso en la vida.

“Tenemos que abrir esa carretera”, “tenemos que trabajar”, “tenemos que producir”, eran las expresiones con las cuales espoleaba corrientemente Gómez para el trabajo y la producción. Su primitivo nacionalismo, y el orgullo de ser un gobernante responsable, le hacían pronunciar estos deseos: “tenemos que trabajar”, “tenemos que producir”, y ya sabemos que los deseos de Gómez eran órdenes. Así, bajo su gobierno, había carne venezolana, que iba hasta el Japón envasada en la Compañía Ganadera Venezolana, leche ordeñada de vacas venezolanas, gallinas, huevos, queso, mantequilla, caraotas y azúcar venezolanos, telas, papel y jabón venezolanos, y especialmente el orgullo de ser venezolano.

Murió Gómez. Se perdieron y murieron las vacas y gallinas, se secaron las sementeras y abandonaron las fábricas, y ahora, por culpa del llamado gobierno de sus más enfurecidos detractores, los venezolanos comen carnes de Nicaragua o de Argentina; azúcar, maíz y caraotas de Cuba, Santo Domingo o Puerto Rico y huevos norteamericanos; beben leche de Oklahoma o de Texas y aceites de España; leen periódicos impresos en papel sueco o ruso y se arropan con telas de Brasil, y el orgullo de ser venezolano vino a menos con los actos de unos infelices que se dedicaban a reclamar de los Estados Unidos la solución de nuestras necesidades, como si aquellos estuviesen obligados a alimentarnos y vestirnos y nosotros fuésemos alguna colonia, dominio o protectorado suyo. Reclamar de los Estados Unidos el aumento de cupos de alimentos y vestidos suena al oído como la exigencia de un niño a su padre, y es al mismo tiempo la evidente demostración de la incompetencia e irresponsabilidad de un grupo que la había dado en llamarse gobierno y quería que otros gobernasen por él.

“El pueblo de Venezuela tiene que trabajar y producir” era la consigna del General Gómez, y el pueblo trabajaba y producía.

ARTURO HIDALGO R.

(BALANCE DE DOS ÉPOCAS. TIPOGRAFÍA LA NACIÓN, CARACAS, 1948).

jueves, 17 de septiembre de 2020

EL PRIMER BOLIVARIANO Y EL PRIMER PACIFISTA DEL CONTINENTE

(Por: Rafael Cayama Martínez).

 


Bajo la comba azul que ilumina de continuo el tricolor mirandino, divinizado por las manos taumaturgas del LIBERTADOR AMERICANO, teníamos Dos Cumbres hasta las cuales no había podido llegar nunca ninguno de los anteriores gobernantes venezolanos, no obstante sus virtudes de patriotas, sus arrestos de guerreros y sus dotes de estadistas: la Cumbre bolivariana y la Cumbre pacifista. Antonio Guzmán Blanco, ese americano ilustre a quien no puede negársele, por más que se quiera, el título de gran civilizador, fue de todos el que más alto llegó, pero sus máximos empeños en derredor de la primera cumbre no alcanzó la culminación que la gloria del Grande Hombre merecía, y en cuanto a la segunda no logró tocarla sino a rápidos golpes de ala, sobre el vaivén de la ola, entre el crujir de los mástiles y el tableteo del trueno. No eran sino treguas más o menos largas. Sucedió muchas veces que el eco de sus resonantes discursos de paz se confundiese con el eco de sus vibrantes proclamas de guerra.

Los paréntesis de Juan Pablo Rojas Paúl y de Raimundo Andueza Palacio no fueron sino precursores de nuevas contiendas fratricidas. Joaquín Crespo, el soldado caballeresco y bueno, tuvo de frente la inquietud caudillesca de José Manuel "El Mocho" Hernández, atormentado enfermo de conservatismo, hasta pagar con su vida heroica y bravía sus nobles empeños de pacificación.

Le estaba reservada al General Juan Vicente Gómez la gloria de dominar a plenitud las Dos Cumbres y levantar sobre ellas su tienda de triunfador definitivo, desde la cual saludaría al Continente teniendo en una mano la efigie de Bolívar, como santa promesa de la Patria nueva, y en la otra, la espada decapitadora del dios de la Guerra como señal de imperio de las divinidades de la Paz. Había sido, por concurso de los númenes de la Patria, el Triunfador irreductible, el Triunfador máximo, el Triunfador a plenitud de gloria. Había triunfado el hombre de la espada; iba a triunfar ahora el hombre de la magistratura, el hombre de Estado, el hombre de la Ley, el hombre del Trabajo, el hombre del culto a la gloria del Libertador y de sus legionarios, en una palabra, el hombre de la Paz; a triunfar con la acción y con la palabra buena y santa de las divinas confraternidades; a triunfar con el consejo sano y noble y con el ejemplo edificante y redentor; a triunfar sobre el ayer claudicante y tempestuoso y sobre el presente prejuicioso y desconfiado para ganar el futuro luminoso y fecundo.

Refúndense en la obra múltiple del General Gómez la obra del guerrero genial, que gana batallas contra numerosos y aguerridos capitanes que constituían la indiscutible representación del militarismo clásico; la obra del Sembrador, del Trabajador profesional, que del muro abatido arrima la espada triunfadora y reclama el arado para el corte fecundo en la entraña palpitante; la obra del Educador que tras el arado alza la cátedra para el rasgo luminoso en el espíritu anhelante.

Sobre esta hermosa trípode, síntesis augusta de la Divinidad de la Patria, el General Gómez levantó a máxima altura el culto padre de todos los cultos de las humanas glorias, de todas las reverenciaciones, de toda las taumaturgias: el culto de Bolívar, Dios y Hombre por la super-grandeza de su obra redentora y por la super-alteza de su Gólgota. Pensó al momento que la nación que dio al Coloso debía alzarse por sobre todas las fronteras con toda la majestad de otra cumbre sinaica, diademada como en un fresco de Miguel Ángel: sobre su cabeza el firmamento de Colombia la Grande, a sus pies la extensión de la América y entre sus brazos al niño-dios del Ávila, majestuoso y triunfal; y con tan deslumbrador pensamiento en su cabeza triunfadora, dióse todo entero a la tarea glorificadora. El Centenario de la Independencia se acercaba atraído por los dioses de la Epopeya entre un relampagueo de Olimpo en fiesta de eponimia ateniense, y Gómez se aprestó a recibirlo con todas las suntuosidades que tanta grandeza de sol demandaba. Era una fiesta de la América, una fiesta de la raza nueva, una fiesta de las naciones nacidas del 19 de abril de 1810 y del 9 de diciembre de 1824 al conjuro del gran Libertador, que a Venezuela tocaba celebrar por derechos de maternidad augusta, por derechos de primogenitura gloriosa, por razón de altura en la geografía de la libertad continental. Y fue la Apoteosis Soberana frente a la América engrandecida y libre, frente al mundo entero, porque el mundo entero no sabía, como sabe hoy, de Bolívar y de su fulgurante creación de pueblos. 

Así debía ser y así fue.

Por la primera vez de la vida del Mundo Nuevo reunióse un Congreso Boliviano, que laboró Acuerdos de mutua y amplia solidaridad y confraternidad Interamericana, y por la primera vez, después de los tiempos epopéyicos, viéronse reunidos por el espíritu infinito del Padre Inmortal, como otro día los legionarios libertadores bajo su mirada de Dios que manda, neogranadinos, ecuatorianos, peruanos, bolivianos y venezolanos, estrechados fuertemente en el infinito anhelo de una Gran Patria Americana por Bolívar presidida.

Venezuela se había colocado así, por la mano del General Juan Vicente Gómez, el egregio Triunfador, en la altiplanicie austral con Bolívar sobre sus hombros, como otro día el Coloso sobre los del Chimborazo y del Potosí. Oigamos sino al Embajador de Colombia al abrirse aquel Congreso: 

"Nunca ha habido una ocasión y un lugar más oportunos que el día del Centenario de la declaratoria de absoluta Independencia y la cuna y la tumba de Bolívar para que las naciones aquí representadas, inspirándose en sus nobles ideales, y guiadas por la verdad, la honradez y la hidalguía, se den estrecho y fraternal abrazo y sigan por el camino de honor y de progreso que con patriotismo y unión tienen abierto.

Plegue al cielo que estos anhelos, que son los de todas las naciones a quienes me cabe la altísima y singular honra de representar en este instante, se realicen; y que vos, ciudadano Presidente, que habéis tenido la gloria de presidir la festividad del Centenario, tengáis también la de haber cimentado sobre firmes bases de lealtad y de justicia la perpetua paz y la amistad sincera de las Naciones que con tan efusivos y cordiales sentimientos concurren hoy a compartir vuestros gloriosos regocijos"

Y el Embajador de Bolivia dijo:

"Aquí estamos nosotros, Excelentísimo señor Presidente, los Representantes de Bolivia, Colombia, Perú y Ecuador, con los poderes necesarios para secundar los levantados propósitos del Gobierno de V. E.; y al poner en vuestras manos las Cartas Autógrafas que nos acreditan en tan honrosa representación, a nombre de nuestros respectivos Pueblos y Gobiernos, saludamos con fraternal afecto al Gobierno y Pueblo venezolanos: agradecemos la exquisita delicadeza del recibimiento y de los agasajos con que nos honran: aplaudimos los notorios progresos que alcanzaron en el primer siglo de su vida independiente; y les presentamos nuestros votos porque cada día sean mayores los que glorifiquen su porvenir, junto con el deseo de que la obra del Primer Congreso Boliviano corresponda a las justas exigencias de los intereses comunes de las cinco Repúblicas hermanas, no menos que a la alteza de la iniciativa de V. E., que en la historia americana os será, sin duda. de especialísimo título de muy honroso y singular merecimiento".

De la notable contestación del General Gómez al Embajador colombiano General González Valencia, es el siguiente párrafo: 

"En estos días de íntimo regocijo para Venezuela, pláceme reafirmar mi constante propósito de armonía con las demás Naciones, de segura garantía a cuantos intereses se radiquen en nuestro suelo y de noble aspiración a que mi Patria sea cada vez más acreedora a la consideración y al respeto de los demás pueblos de la tierra. Es así como mejor interpretamos el pensamiento trascendental de los fundadores de nuestra Nacionalidad, y al expresarlo así a vos, ilustre servidor de vuestra noble Patria, la más próxima hermana de la nuestra, y cuya más alta curul habéis brillantemente ocupado, hago votos por la dicha de los pueblos y de los Jefes de Estado cuya representación merecidamente lleváis".

Han corrido desde aquellos días diez y seis años, que han servido para intensificar más y más, conforme con los deseos del General Gómez, nuestros nexos con las Repúblicas hermanas y hacer más reflejable en su espíritu el anhelo de esa Gran Patria Americana nacido del seno del Congreso Boliviano.

Pero el bronce del Héroe Magno debía ir más allá de las patrias fronteras bolivarianas, y el Gobierno de la República, por el General Gómez presidido, lo envió a la Patria de Washington como el más valioso presente que el Sur podía hacerle al Norte en título de amistad noble y cordial. Y allá está sobre aquella altura, bajo el cielo, que hizo para siempre diáfano y luminoso la gloria de Washington, la figura olímpica de Bolívar, derramando sobre todos los pueblos de la tierra el milagro de su espíritu, forjador de patrias grandes como ninguno en los antiguos ni en los modernos tiempos.

Y no sólo traspasar fronteras con la devoción bolivariana quiso el Caudillo Decembrino, sino también eliminarlas, y tendió entonces el Puente Bolívar para enlazar en una sola las banderas de Colombia y Venezuela.

El General Gómez ha encendido, además, por todas partes, lámparas votivas en forma de monumentos en bronce o mármol, en donde quiera que ha sido preciso glorificar un héroe libertador, un legionario de Bolívar, o consagrar un sitio ya santificado por un hecho de gloria. Eran acentuaciones de inmortalidad que reclamaba el homérida poema, caracteres de forja olímpica que pedían los sitios que nuestros inexcusables olvidos habían dejado en blanco en el libro de oro de la gratitud nacional. Ahora todo está en su sitio y en cada sitio consagrado está el alma de la Patria. El Culto de Bolívar ha dejado de ser el simple culto de los héroes para convertirse en religión grande y augusta. Hay varios templos para esa religión: el primero es la Casa Natal del Libertador, reconstruida por el Presidente Gómez conforme al legendario trazado, y a donde llegan reverentes todos los que vienen a nosotros anhelantes de arrodillarse ante la tumba de Bolívar y signarse con el agua espiritual que brota de la fuente que dio agua consagratriz al dios en su niñez, a recogerse en la contemplación del hecho en que vino a la vida y a llenar sus ojos y su espíritu con la lumbre de las imágenes y con las evocaciones que palpitan y fulguran en los lienzos de Tito Salas.

La celebración de los Centenarios de Carabobo y de Ayacucho, para cuya magnificencia el General Gómez no limitó ninguna contribución de gloria, ni hubo fulguraciones bastantes en nuestros cielos, ni vibraciones bastantes en nuestros bronces, ni dilataciones bastantes en nuestros horizontes, complementó la superba trípode bolivariana sobre la cual él se adentra en el Continente como el más alto bolivariano en los tiempos que corren.

Ahora, en los horizontes de las cinco patrias, nacidas de las cinco cumbres que desafían la grandeza de las más altas en los dominios de la Libertad humana: BOYACÁ, CARABOBO, BOMBONÁ, PICHINCHA Y AYACUCHO, cinco cumbres en torno de las cuales se agita y vibra Panamá, la Benjamina, y que son como cinco soles en la super-grandeza astral de la América nuestra, columbrase ya aquel anochecer de San Pedro Alejandrino, que detuvo en su rotación a la tierra americana, que hizo nublar el sol del Continente con el llanto de Colombia y trepidar las cumbres colombianas, del Ávila al Potosí, como en una gigantesca conmoción geológica. Venezuela sabrá ser, una vez más, educada como está por el ya Continental Caudillo en la religión bolivariana, la madre augusta del dios para rememorar, con las más solemnes liturgias y con todas las exaltaciones de otra santa semana de pasión, la fecha en que el Redentor Americano expiró en su Gólgota para ganar el cielo de otra divina inmortalidad.

Y si por tan altos e indiscutibles hechos el General Juan Vicente Gómez ha ganado con creces el título de PRIMER BOLIVARIANO DEL CONTINENTE, por su resaltante y no menos indiscutible obra de paz aquilatada en casi un cuarto de siglo de vida serena, progresiva, educadora, doctrinaria, reparadora y cultural que lleva la República, ha ganado también a toda plenitud el de PRIMER PACIFISTA; y no PACIFISTA a boca de fusil y punta de sable, armas éstas que, durante ese tiempo, y después de haber matado la hidra de las revoluciones, sólo accionan en brillantes revistas o en reglamentarios ejercicios de Academia, sino Pacifista para regenerar, educar, vigorizar y doctrinar pueblos; para hacer del Trabajo institución sana y fuerte; para hacer del libro legítimo sucesor del fusil, como del arado el legítimo sucesor del cañón y del Código el legítimo sucesor del machete; para proteger en grande las industrias nacionales, fuentes  inagotables de riqueza auténtica, para vigorizar el organismo nacional insuflándole fuertes corrientes de saneamiento moral; para simplificar el tecnicismo de las finanzas públicas y hacer del crédito la mayor garantía de soberanía económica; para abrir nuestros puertos a las banderas de todos los pueblos de la tierra por el intercambio comercial, más amplio y seductor desde que, por imperativo del Pacificador, quedó libre el gravamen de exportación; para el acercamiento y estrechamiento cordial con todas las naciones; para hacer del Ejército una verdadera institución de honor bajo el troquel académico y del soldado un baluarte bajo la disciplina del cuartel y el impositivo del Código; para crear ciudades de contextura moderna y dotar a las existentes de situados bastantes a la construcción de toda clase de obras de ornato y de verdadera utilidad pública; para amparar la estabilización e instituciones bancarias de capital nacional y extranjero; para juntar a todos los pueblos de la República, aún los más distantes de la Capital y entre sí, en un solo haz de gran familia nacional y en un solo gran centro de actividades comerciales, intelectuales y sociales, por medio de sólidas y modernas carreteras que no sólo pueden competir sino que adelantarse a las mejores de Europa y Norte-América, tal como la de Caracas a La Guaira, que no tiene igual en aquellos países al decir de muchos de los extranjeros que nos visitan; para, en una palabra, hacer de esa hermosa y sugerente abstracción que se llama la Patria una palpitante y férrea Entidad que responda en todo momento al reclamo de sus grandes destinos y de sus grandes deberes para con la familia universal.

Tal ha sido la Obra del General Juan Vicente Gómez, que está ahí palpitante ante la mirada y al tacto de todos, para que todos, nacionales y extranjeros, la vean y la palpen.

Un cuarto de siglo llevado por la República en plena y próvida paz, sin cañones, sin fusiles, sin expatriaciones, bien le vale al General Gómez el premio de PRIMER PACIFISTA DEL CONTINENTE, título éste que se hace más resplandeciente en los últimos tiempos porque es él el primer Gobernador en la historia de las naciones, que en una democracia inquieta y levantisca, altiva y viril como la nuestra, está gobernando sin un solo detenido político, con las fronteras de la Patria abiertas de par en par para todos los compatriotas que quieran venir a vivir, como Dios manda, al rescoldo del hogar nacional, y en la más completa libertad de acción la ciudadanía en general.

¿Cuándo, en qué época de nuestra historia, ni en qué extraña latitud, se ha visto un hecho igual? Hay alguno, de dentro o fuera del país, que pueda señalar uno que se le asemeje siquiera? La vida de la capital, fastuosa como nunca, bulle hasta altas horas de la noche en hondas vibraciones de fiesta, sin cortapisas policiales: y si al General Gómez se le ocurriera atravesar a pié por en medio de esas multitudes, en su mayor parte integrada siempre por una juventud ganosa de alegría, se le disputarían, estamos seguros, segurísimos de ello, para llevarlo en triunfo por las calles de Caracas. Ya alguna vez o algunas veces, en presencia de multitudes obreras, se ha bajado de su automóvil y marchado por en medio de ellos, complacido y sereno, porque tiene la seguridad de que los obreros venezolanos son los mejores guardianes de su persona, y los obreros lo han victoreado y lo han exaltado entre aclamaciones de afecto. Tal actitud de parte de ese honrado y noble gremio es muy natural, porque el General Gómez es El JEFE NATO Y EL PROTECTOR SUPREMO DEL OBRERISMO NACIONAL. Él lo ampara y lo protege porque él es el primer Obrero de Venezuela cualquiera que sea la forma de trabajo que reclame la actividad del cerebro y del músculo. Por eso los obreros de Venezuela lo quieren y lo aclaman.

Tal es el Hombre del 21 de Julio de 1903, frente a los bastiones de Ciudad Bolívar y del 19 de Diciembre de 1908, frente a las imposiciones de su destino y de su deber de patriota. Y crece la admiración nacional en torno de este ilustre Caudillo al considerarse que él no ha querido ni quiere estatuas, ni títulos, ni ofrendas reliquiarias. Él sólo quiere llamarse y que le llamen Juan Vicente Gómez, con la más subyugante sencillez republicana.

Pero él no puede interponerse entre su obra y los resplandores de su obra. Él ha ganado las dos eminencias cuya cima no había sido nunca coronada durante la vida de la República, y tiene merecido con creces los Títulos de PRIMER BOLIVARIANO Y DE PRIMER PACIFISTA DEL CONTINENTE.

Rafael Cayama Martínez.

Editorial de "La Nación", N° 54, 19 de Diciembre de 1927.

Editorial "Parra". Caracas.


lunes, 14 de septiembre de 2020

CARACAS BAJO LA EPIDEMIA DE 1918


Junta de Socorros del Distrito Federal. Sentados de izquierda a derecha: Jesús María Herrera Mendoza, Dr. Vicente Lecuna, Monseñor Felipe Rincón González, Santiago Vegas, Henrique Pérez Dupuy. Parados, de izquierda a derecha: Dr. Luis Razetti, Pbro. Dr. Rafael Lovera, Dr. Francisco A. Rísquez y Rafael Ángel Arráiz. Nota de la Dirección: En el momento de hacer tomar este grupo, estaba ausente el señor Dr. Rafael Requena, razón por la cual no aparece en él. Foto: Luis F. Toro. Revista "Actualidades", 8 de diciembre de 1918.

El Benemérito General Juan Vicente Gómez, dictó todas las medidas necesarias para combatir el mal de la pandemia de 1918 en Venezuela, nombrando una Junta de Socorros compuesta por miembros honorables de esta sociedad.


Caracas despierta como de una mala pesadilla; recobra el ánimo; vuelve a sus empresas habituales con su alegría tradicional, y para estar en armonía con su espíritu, para ser ella misma, enciende entre la noche de sus recuerdos una luz de esperanza. Sonríe y espera. Qué leyenda más bella para el escudo de una ciudad, que es como una mujer.

Y sin embargo, cuán inciertas han sido las horas pasadas. La peste ha conmovido la ciudad hasta en sus cimientos, y la espantosa viajera, inseparable de la muerte, ha mostrado como en algunos cuentos fantásticos la faz cadavérica y los ojos amarillos, en los que se acumulaba un humor viscoso. Desde los últimos días de octubre en que hizo su aparición, viniendo del norte, la influenza española, un escalofrío intenso dobló nuestros nervios como a hierros mohosos, en un presentimiento de angustias infinitas. La violencia de la epidemia fue intensa desde su aparición, y la vendimia roja comenzó tumultuosa, acelerada, guiñolesca, hasta alcanzar un ápice mortuorio sin precedentes en los comienzos del mes de noviembre.

Pasada la primera impresión de estupor, Caracas se armó para la lucha como una airada walkyria. Cruzarse de brazos hubiera sido mengua, y nuestra ciudad, la ciudad que dio a la sagrada lid tanto caudillo, no tenía para salir airosa de su cometido sino volver los ojos al pasado, encenderse de amores por la caridad como antes lo hiciera por un ideal de justicia, ser la Caracas de los Libertadores.

El 28 de octubre de 1918, el Benemérito General Juan Vicente Gómez, dictó sendos decretos destinando la cantidad de Bs. 500.000 para combatir la epidemia, y nombrando para la doble campaña, sanitaria y de socorros, una Junta formada por el Ilustrísimo Arzobispo de Caracas y Venezuela, que la preside, y de los señores doctores Luis Razetti, Francisco Antonio Rísquez, Rafael Requena, y Vicente Lecuna, Henrique Pérez Dupuy, J. M. Herrera Mendoza y Santiago Vegas. El señor Rafael Ángel Arráiz fue nombrado Secretario. La responsabilidad de la empresa aquilató a ellos el deseo de corresponder a la confianza que se les dispensaba, y su reconocida caballerosidad y sus anhelos por el bien procomunal fueron como lo anunciaron de los éxitos obtenidos. La sociedad de Caracas ha contraído para con ellos una deuda impagable de gratitud, y así nos complacemos en reconocerlo.

La circunstancia de haberle sido encomendada la dirección sanitaria de la campaña al doctor Luis Razetti, encendió en la población la primera llamarada de optimismo. La energía del sabio profesor, su bondad comunicativa, sus trabajos sobre temas de higiene pública, sus treinta años de honrada labor profesional, eran prenda segura de un activo y científico enrumbamiento de las tareas sanitarias de la Junta.

El Doctor Luis Razetti, Director Técnico de la Junta de Socorros del Distrito Federal. Año 1918.

Las juntas parroquiales, nombradas por la Central, y la Dirección de Sanidad Nacional, cumplieron dentro del radio de sus atribuciones.

Pero donde Caracas ha mostrado una de las fases más hermosas de su vida, ha sido en el espíritu de solidaridad social que agrupó desde el comienzo de la epidemia a todas las buenas voluntades, sin diferencia de clases, cada quien consciente de que su caridad para con el vecino contribuía a su propio bienestar. Ha sido un espectáculo insólito, digno de meditación y de loanza, por el que nuestra ciudad ha mostrado que laten en su entraña, hoy como ayer, mañana como siempre, las virtudes ingénitas que le dieron alas a sus hijos en la magna cruzada de esparcir por la América del Sur las semillas de la libertad, levantando altares a la República en la más noble emulación de nuestros fastos. Ese espíritu de solidaridad social que ha cuajado en tanta acción bizarra, espontánea y sincera, ha tenido un exponente magnífico en la actitud asumida por la institución La Gota de Leche de Caracas, que agregando a sus designios por la salvación de la infancia el de la salvación de todos, ha hecho una labor magnífica que para siempre resplandecerá en los anales de la caridad pública venezolana. Ella fue de las primeras en ofrecer a los necesitados medicinas, médicos, abrigos y alimentos.

Es de justicia al hablar de las suscripciones en metálico de La Gota de Leche, tributar un aplauso a las colonias extranjeras que gozan de nuestra amplia hospitalidad y de nuestras simpatías ingenuas, y que, todas, sin diferencias de ninguna especie, haciendo causa común con nosotros en la desgracia, se apresuraron a arbitrar fondos entre sus connacionales para contribuir al alivio de la población necesitada. 

Caracas no olvidará jamás esta efusiva generosidad como no olvidará tampoco las que vinieron de lejos como una aura refrescante, y entre ellas las que integra la paternal solicitud de Su Santidad Benedicto XV, quien haciendo un alto en la abrumante labor que pesaba sobre sus hombros en los días en que la tragedia de la guerra europea culminaba en sangre y ruinas, acordó de la hija pobre y le envió premurosamente una dádiva oportuna.

El comercio, en su acción colectiva, formó dignamente en las filas de la caridad individual, y no solamente fueron sus contribuciones en dinero, sino la de víveres, medicinas y abrigos, así como las que atañen a ciertos servicios personales prestados por miembros de ese honorable gremio, las que obligan al reconocimiento de los beneficiados.

A la izquierda: Doctor R. Gómez Peraza, distinguido médico de La Guaira, quien con notable consagración asistió a 4.827 atacados de gripe. Páginas brillantes tiene la vida de este abnegado galeno. De carácter festivo, caballeroso, Gómez Peraza se ha hecho de un nombre respetado y la Ciencia tiene en él cifrada una esperanza. A la derecha: Doctor César J. Amaral, médico del Departamento Vargas, que a pesar de haber sido uno de los afectados de la epidemia, prestó oportunos servicios a los enfermos. Año 1918.

Una de las características de nuestra raza, y acaso la más admirable, radica en la facilidad con que todo se improvisa a la hora en que la necesidad se hace apremiante. Esta facultad ha encontrado motivos de gallardo lucimiento en las circunstancias fatales por las que acabamos de pasar. Como los hospitales creados no dieran abasto, se improvisaron muchos otros que funcionaron bajo el mismo pie de higiene y comodidad que los antiguos y que aún rinden en el crepúsculo de la epidemia servicios inapreciables, de acuerdo con los dictados de la experiencia. Entre estos hospitales queremos señalar el que funciona en el Templo masónico de esta ciudad, ofrecido con generoso ardimiento, en obediencia a uno de los cánones de la institución, por los masones de la capital. Y no por vano alarde nos detenemos en este hecho, sino para hacer resaltar como timbre de honor para la libertad de conciencia en Venezuela, el hecho singular de que fue el Arzobispo de Caracas, como Presidente de la Junta de Socorros, quien inauguró el nuevo instituto benéfico e instaló en él a las hermanas de San José de Tarbes, impulsado por un sentimiento de auténtica moral cristiana, cuya saludable renovación apunta en nuestra sociedad como en los pueblos depurados por el dolor y confundidos en un solo ideal en los campos de batalla del mundo.

La situación de las cocinas populares, igualmente de origen cristiano como toda emanación de la piedad puesta al servicio de las clases humildes, tuvo también su hora de fortuna en medio de las necesidades creadas por la violenta racha de la epidemia. La iniciativa correspondió al caballero norteamericano señor A. V. McKay, quien fundó la primera en La Pastora, y que en vista del éxito obtenido fue comisionado por la Junta Central de Socorros para establecer otras en las barriadas más populosas de la ciudad. La señora Camila de De La Ville, secundada por un grupo de señoritas, fundó igualmente una cocina que funciona en la esquina de La Ceiba, y La Gota de Leche, con la contribución de varios compatriotas, abrió dos, una en la Plaza de Candelaria y otra en la esquina de San Francisquito, regida ésta última por los caballeros franceses señores Granier y Franceschi. Todas dieron apreciables rendimientos y cumplieron con el objeto de su creación.

El Doctor José Antonio Tagliaferro, a pesar de haber sido, por razones de su cargo, uno de los primeros atacados de la epidemia y de haber estado muchos días gravemente enfermo, desde su lecho dictó todas las medidas higiénicas necesarias para combatir la pandemia y dirigir la campaña en Venezuela, en cuya ardua labor fue secundado con entusiasmo por todo el personal de la Sanidad Nacional del Gobierno del Benemérito General Juan Vicente Gómez. Revista "Actualidades", 8 de diciembre de 1918.

El símbolo universal de la caridad, la cruz roja en mitad de la bandera blanca, como un ángel de alas abiertas sobre la desolación de la humanidad, también ha estado presente entre nosotros. En su nombre, las secciones inglesa y norteamericana vinieron con oportunos auxilios; y los estudiantes emprendieron una labor gigantesca que han extendido a la República y que les ha conciliado todos los sufragios. Es una conducta digna de la juventud venezolana y de su proverbial generosidad, que afirma con natural elocuencia lo que serán para la patria los hombres del futuro. También ha sido digna de su juventud y de sus honestos y honrados antecedentes la idea concebida y realizada por los empleados de comercio de Caracas. Por iniciativa partida de la casa de Santana y Compañía Sucesores ellos se agruparon con entusiasmo y arbitraron fondos que una comisión de señoras ha distribuido equitativamente entre las familias pobres, a quienes la vergüenza de la mendicidad o el orgullo de un abolengo ilustre mantuvieron fiera y resignadamente en sus viejas casonas, sin implorar el pan de la caridad pública.

Las compañías de transporte y muy señaladamente la de Navegación Fluvial y Costanera, que se ofreció al igual de la D Roja para transportar gratuitamente a los estudiantes en su útil misión por la República, han merecido bien de la ciudad.

Y aquí un paréntesis, que queremos sea de luz resplandeciente como la del sol en nuestras mañanas de agosto, para que enmarque y haga resaltar la acción de un hombre humilde. Nos referimos a Pedro A. Pérez, a quien la Junta confió la tarea de enterrar a los muertos. Esta frase sencilla, que tiene un sabor religioso y es sagrada en todos los países, ha sido interpretada con justeza por Pedro A. Pérez, y es de admirar cómo el interino funcionario cumplió para con la sociedad y el pueblo de Caracas una labor tan ardua y delicada. La Junta de Socorros que le asignó el piadoso cometido, sabrá gratificarlo dignamente. Caracas no olvidará inscribir su nombre en la lista de los hombres útiles y buenos.

El 9 de noviembre de 1918, el Benemérito General Juan Vicente Gómez, decretó una nueva suma de Bs. 300.000 para dar digno remate a la campaña emprendida en una especie, dijo un diario de la mañana, de "unión sagrada", en la que cada quien se mantuvo firme en su puesto; las autoridades y el pueblo, en cumplimiento de ese deber de cordialidad mutua, que debe existir entre gobernantes y gobernados.

Doctor M. Heredia Alas, médico que asistió a 3.800 enfermos de gripe en Macuto, Caraballeda, Naiguatá, Los Teques y San Pedro. Año 1918.

El gremio médico de Caracas, de suyo tan profundamente abnegado, ha agregado una página radiosa al libro de sus merecimientos eminentes. Desde el tugurio infecto hasta la casa adornada de columnatas, a la manera de los palacios italianos, se le ha visto con la sonrisa que da la satisfacción de haber cumplido con su deber. Hay en todo médico un algo de apostólico que de carácter inconfundible a su misión. Ellos han tenido en el gremio de farmaceutas un aliado entusiasta y eficaz.

Son tan múltiples y de índole tan varia los casos en que la caridad individual se ha exhibido en las dolorosas circunstancias por que hemos pasado, que puntualizarlas sería tarea difícil, si no imposible, y ante cuya evidencia nos rendimos tomando para la ciudad en conjunto el elogio altísimo. Al pronunciar el nombre de Caracas el voto de un extranjero agradecido, formulado ante un dolor semejante, se nos viene a los picos de la pluma: "¡Que para presidir sus destinos se alíen todo lo grande y todo lo dulce!".

Los Ministros de Inglaterra e Italia, de Francia, de España y de los Estados Unidos prohijaron toda idea altruista de sus colonias en el torneo de caridad emprendido, y fueron secundados por las señoras de McGoodwin, Fabre y Dawson Beaumont. Esta última, en un bello gesto, realizó una activa labor personal en el depósito de medicinas de la Universidad Central, en compañía de un grupo de damas de su país. Por iniciativa del señor Fabre, Ministro de Francia, la Compagnie Générale Trasatlantique envió para la Junta de Socorros una valiosa caja de medicinas.

Antes de cerrar estos apuntes, séannos permitidas dos notas que exterioricen nuestros sentimientos íntimos ante el horror de los días desaparecidos. Es la primera una frase de despedida cordial, ingenua, para los que en plena juventud, cuando la ilusión los rozaba con sus anchas alas sonoras, partieron hacia el reino de las eternas sombras. ¡Qué la paz sea con ellos y las ilusiones que llevaron consigo se les conviertan en flores siempre frescas para sus sepulcros!

La otra nota es de epinicio, de exaltación triunfal ante el paso de la mujer venezolana. El alma femenina se ha renovado constantemente, como un jardín en primavera, ante las crudas mordeduras del dolor; se ha mostrado en sus múltiples fases, brillante, inagotable, y si ayer fue digna del verso por su hermosura y gentileza, hoy es digna de todas las palmas por su generosidad y desprendimiento. Porque generosidad y desprendimiento son las virtudes que han impulsado a esas caravanas de mujeres que el pueblo ha visto pasar con un respeto profundo. Han estado en todas partes; a la cabeza del lecho del moribundo en los hospitales; repartiendo de casa en casa auxilios y consuelos; yendo sin demostrar fatiga hasta los más apartados rincones de la ciudad; endulzando con una sonrisa angélica la agonía del desesperado; bordando trajes para los niños; tejiendo abrigos para los ancianos. La mujer venezolana, la caraqueña de ojos expresivos y de andar cancionero, ha revivido el mito de la buena hilandera. Imposible sería ofrecer los nombres de todas las que han sido movidas por los impulsos de su corazón. Una medalla de oro ha sido ofrecida por la Junta de Catedral a la señora Trina Berrizbeitia de Beauperthuy, en homenaje de gratitud y perenne recordación. Cúmplase el verso del poeta y sean para la suave todas las suavidades.

(Revista “Actualidades”, 8 de diciembre de 1918).

viernes, 11 de septiembre de 2020

MONUMENTO A NUESTRA SEÑORA DE COROMOTO 1928


Nuestra Señora de Coromoto de Guanare, estatua erigida por iniciativa del Presidente de la República de Venezuela, Benemérito General Juan Vicente Gómez, en una de las plazas de la población, durante la administración del Coronel Josué Gómez en 1928.

Monumento a Nuestra Señora de Coromoto en Guanare (Edo. Portuguesa), que será inaugurado, el 12 de abril de 1928, por el Gobierno del Benemérito General Juan Vicente Gómez. Publicado en "El Nuevo Diario", el 22 de marzo de 1928.

martes, 1 de septiembre de 2020

GÓMEZ: EL MÁS GRANDE VENEZOLANO DE LOS ÚLTIMOS CIEN AÑOS

(Por: J. A. Cova)

A la izquierda: El Benemérito General Juan Vicente Gómez. A la derecha: El Dr. Jesús Antonio Cova, eminente pedagogo, escritor, periodista. Miembro de la Academia Nacional de la Historia y de la Academia Venezolana de la Lengua.
“Gómez continúa siendo el más grande venezolano de estos últimos cien años. Creo también que Venezuela entera se ha deshonrado ante el cadáver de ese hombre, que estuvo mandando y dando órdenes como El Cid, mal les pese a todos los “Venezolanos de la Decadencia”, hasta después de muerto.
Gómez es y seguirá siendo, el más alto y vigoroso ejemplo de autoridad que hombre alguno haya tenido en nuestro país. Ahora no hay sino llanuras: aquel hombre era una montaña, como voluntad, como energía, Gómez se perdía de vista. Era muy superior a todos los hombres de ayer y a los de hoy. Eso es precisamente lo que no se le perdona a Gómez: absoluta superioridad, en su peculiar simplicidad rural, sobre todos sus compatriotas. Difería de sus colaboradores y de sus enemigos, de aquellos en que era evidentemente superior y de éstos en que era mejor. El tiempo se encargará de demostrar y de reafirmar esta verdad.
La misma democracia que le ha estado difamando, ya se está encargando de vengarle. Llegará el día en que todos los venezolanos le echarán de menos”.
J. A. Cova
Año 1955.