jueves, 12 de marzo de 2015

EL DR. JOSÉ GREGORIO HERNÁNDEZ Y SU AMISTAD CON EL GENERAL JUAN VICENTE GÓMEZ


Dr. José Gregorio Hernández.


El Dr. José Gregorio Hernández Cisneros, nació en IsnotúEstado Trujillo, (Venezuela), el 26 de octubre de 1864 y falleció trágicamente en Caracas (Venezuela), el  29 de junio de 1919. Fue un eminente médicocientífico, profesor y filántropo de profunda vocación religiosa, cristiano católico y franciscano seglar ejemplar, reconocido por su solidaridad con los más necesitados y recordado por su caridad, generosidad, rectitud y servicio a los pobres. Su vida fue un testimonio evidente de santidad, tanto, que muchos latinoamericanos lo consideran Santo, a pesar de que aún no ha sido canonizado por la Iglesia CatólicaMurió de forma trágica, al golpearse la cabeza con el borde de la acera a consecuencia del impacto con un automóvil, en la esquina de Amadores, La Pastora, CaracasVenezuela. Sus restos reposan en la iglesia parroquial de La Candelaria ubicada en el centro de la ciudad de Caracas, después de estar por mucho tiempo en el Cementerio General del Sur.

Actualmente está en proceso de beatificación y posterior canonización, luego de que en el año 1986, Su Santidad el Papa Juan Pablo II declaró solemnemente sus virtudes heroicas, por lo cual se le otorgó el título de Venerable, antepenúltimo escalón en el camino de la santidad. Recientemente ha crecido la expectativa entre los fieles sobre su posible beatificación, debido a que, el 25 de septiembre de 2013, Su Santidad el Papa Francisco manifestó interés por la causa del Dr. José Gregorio Hernández.


SU MANIFESTACIÓN DE AGRADECIMIENTO AL GENERAL GÓMEZ 

"Con el alma presa de la más viva emoción, me dirijo hoy a la distinguida sociedad de Caracas para manifestarle la profunda gratitud que siento por las demostraciones de simpatía y afecto que de ella he recibido, tanto a mi ida a La Cartuja, como a mi vuelta a esta Ciudad. En particular quiero publicar mi agradecimiento para con el Sr. General Juan Vicente Gómez, Presidente de la República, por las benévolas frases de bienvenida que se sirvió dirigirme; para con el Ilustrísimo Sr. Arzobispo de Caracas y Venezuela, por su afectuosa dignación en recibirme en el Seminario Metropolitano; para con el Sr. Presbítero Dr. Nicolás Navarro, Rector de ese Instituto, por la exquisita bondad con que ha querido tomarse el trabajo de iniciarme en los arcanos del ministerio sacerdotal; y para con la ilustrada prensa de la Capital y del resto de la República por los honrosos conceptos que ha tenido para conmigo.

En atención a las reglas canónicas que prohíben el ejercicio de la medicina a los que abrazan el estado eclesiástico, debo apartarme en absoluto de dicha profesión, para obedecer en todo a las prescripciones de la Santa Madre Iglesia, y doy las gracias de todo corazón a aquellas personas que quisieron honrarme con su confianza al elegirme para su medico en los tiempos pasados". 

Dr. José Gregorio Hernández

Caracas, 27 de abril de 1909.


DIARIO “LA RELIGIÓN”, 27 DE ABRIL DE 1909. EXTRAÍDO DEL LIBRO "EL SIERVO DE DIOS DR. JOSÉ GREGORIO HERNÁNDEZ". ESCRITO POR R. P. EDUARDO DE GEMA. CAPUCHINO. 1950. 

CARTA DEL DR. JOSÉ GREGORIO HERNÁNDEZ AL GENERAL GÓMEZ

Caracas, 19 de septiembre de 1912.

Señor General, Juan Vicente Gómez, 

Presidente de la República.

Mi respetado General:

Me tomo la libertad de molestar hoy su atención para proponerle la creación de un instituto de Bacteriología y Parasitología.

Esta es una obra que abrirá una era de progreso en los estudios médicos entre nosotros; que permitirá hacer el estudio completo de nuestras enfermedades tropicales, y que, por consiguiente, será también de grandísima utilidad para el conocimiento de la República.

En todas las capitales sudamericanas hay este instituto: solamente Caracas carece de él; mas, por ser esta obra indispensable en todo país civilizado tarde o temprano habrá que fundarlo aquí también, y de ninguna manera debemos permitir que otro gobierno posterior le quite a usted, señor general, la purísima gloria de haber sido el fundador del primer Instituto Bacteriológico y Parasitológico de nuestro país.

Con sentimientos de alta consideración y respeto me suscribo, señor general.

De U. Atento S.S. y amigo,

José Gregorio Hernández

JOSÉ GREGORIO HERNÁNDEZ CURA A DON "JUANCHO" GÓMEZ

Don Juan Crisóstomo "Juancho" Gómez.
En cierta ocasión, estando el Dr. José Gregorio Hernández ausente de Caracas, enfermó de gravedad el General "Juancho" Gómez, hermano del Presidente, Gobernador de Caracas y Vicepresidente de la Nación. Todos los médicos más afamados fueron desfilando por su habitación, sin acertar con su enfermedad. El General "Juancho" Gómez se moría. Su hermano, el Presidente de la República Juan Vicente Gómez, fue a visitarlo y con su acostumbrada calma, definió:

-Se muere "Juancho", ¿por qué el Dr. Hernández no lo ha visto?

-El Dr. Hernández está fuera, mi General. -Pues que lo busquen.

No fue necesario. El había llegado ya, y el General Presidente Gómez, mandó inmediatamente al General don Antonio Pimentel que lo fuera a buscar donde estuviera, que su hermano se estaba acabando. Llegó precisamente Pimentel cuando el Dr. Hernández estaba en su consulta de los pobres, al mediodía.

-Doctor, el General lo necesita.

-Lo siento, pero ahora no puedo, le contestó consultando su reloj. A las tres menos cuarto termino. No puedo dejar mi consulta de pobres.

El General Pimentel recorrió la vista por la sala de espera, llena de viejecitas rugosas y pobres enfermos. Era algo pintoresco como para contárselo al General.

-Es que es urgente, Doctor. -Pues ¿qué pasa?

-"Juancho" Gómez, que se está muriendo...

-Ah, eso ya es otra cosa. No fue necesario más. Había que salvar una vida. Lo mismo que si se estuviera muriendo el pobre más menesteroso de la ciudad, el Dr. Hernández tomó su hongo de la percha, y al salir pidió con humildad excusas a las personas que estaban esperando, pues iba a ver un momento a un enfermo grave. Todos lo sabían. A la fuerza, por la urgencia, lo introdujo el General en su automóvil y a los pocos minutos ante la maravilla de todos, estaba de vuelta a su consulta de pobres.

Había visto al General, lo reconoció y le, recetó algo tan sencillo que todos quedaron maravillados. Pero efectivamente el General "Juancho" Gómez salía de su gravedad, y a los pocos días estaba bueno y salvo. Todos dijeron que había sido una resurrección.

Y él contestaba al General Gómez:

-Sólo Dios resucita, mi General.

El General Gómez llamó a Pimentel y le mandó a pagarle los honorarios extraordinarios de la enfermedad de "Juancho", los que él pidiera, pero el Dr. Hernández le dijo:

-Mis visitas las cobro solamente a cinco bolívares, mi General.

-¿Cómo?

-Sí. Tres visitas, quince bolívares.

Pimentel no se podía explicar la conducta de aquel hombre que sabía que estaba en sus manos el dinero que quisiera. Y quiso darle más.

El General Pimentel sacó un billete de veinte bolívares y se lo alargó al Doctor. El, tranquilamente le devolvió cinco bolívares y se despidió de él afectuosamente, lo mismo que si despidiera a uno de sus pobres de la consulta.

Comentando este incidente, decía después Pimentel:

-Siempre he querido mucho al Dr. Hernández, pero es la única vez que me ha dado rabia contra él. 

TESTIMONIO DE FLORENCIO GÓMEZ NÚÑEZ, PACIENTE DEL VENERABLE

Florencio Gómez Núñez, hijo del Gral. Juan Vicente Gómez.

“El Dr. José Gregorio Hernández fue médico de papá, el General Juan Vicente Gómez, de mamá, Dolores Amelia Núñez de Cáceres y de todos nosotros, sus hijos. Por cierto, a mí me dio uno de los últimos casos de fiebre amarilla, llamada "vómito negro" de las peores que hubo aquí en Venezuela, en el año 1910. Tenía dos años de edad y José Gregorio me trató y me curó la fiebre amarilla.

El Dr. Hernández siempre tuvo relaciones muy cordiales con papá. Conversaba mucho con él y le consultaba el tratamiento a seguir, no tanto de sus enfermedades, porque papá para aquella época no enfermaba mucho, pero sí de las enfermedades de todos nosotros, sus hijos. Papá estimaba muchísimo al Dr. Hernández.

Después vino el trágico accidente del Dr. José Gregorio Hernández que era un hombre muy bondadoso y servicial con todo el mundo y la gente lo quería mucho. Yo me recuerdo perfectamente que ese accidente fue en el año 1919, en La Pastora. El Dr. Hernández, acudió a una farmacia para comprar un remedio que necesitaba un enfermo que no tenía dinero y en el momento de cruzar la calle a la otra acera, no se fijó que venía un automóvil y éste lo atropelló fuertemente. En el momento de caer al suelo, el Dr. Hernández, fatalmente, se golpeó la parte posterior de la cabeza contra la acera y murió en el acto. Fue una desgracia para todos los venezolanos que tanto le queríamos. Aquello fue una tragedia aquí en Venezuela, ya que el Dr. Hernández era verdaderamente apreciado y admirado. Era un Santo.

En mi época, al Dr. José Gregorio Hernández, la gente lo veía como un médico excepcional. Siempre ayudaba a las personas que no tenían recursos para comprar las medicinas, la gente pobre del pueblo. El Dr. Hernández iba a la farmacia, él mismo, compraba las medicinas y se las regalaba al enfermo, y a la gente pudiente, le cobraba 5 o 10 bolívares la visita. Era un hombre lleno de atenciones con todo el mundo y llevaba una vida religiosa de Santo que posterior a su muerte ha generado una veneración y adoración. Todavía estamos esperando su beatificación por parte del Papa.

Mamá tenía una foto original del Dr. José Gregorio Hernández, enmarcada, colgada en la pared de su cuarto. Yo todavía la conservo, hecha por un artesano andino de apellido Salas. Ella apreciaba muchísimo al Dr. Hernández, a tal punto, que estando en Maracay cuando se enteró de su muerte, se dirigió inmediatamente a Caracas para estar presente antes de su entierro, ya que en esa época las mujeres acudían al funeral, pero no asistían al entierro del difunto. Los hombres eran los que sí participaban".

Florencio Gómez Núñez

(Entrevista realizada por sus nietos, los Hnos. Dupouy Gómez). 

TELEGRAMAS DE DUELO DEL GENERAL JUAN VICENTE GÓMEZ


Caracas: 30 de junio de 1919.

Señor General Juan Vicente Gómez,

Comandante en Jefe del Ejército Nacional y Presidente Electo de la República.
Maracay.

Ya está usted en cuenta de la dolorosa desgracia. A usted, que siente con el pueblo de Venezuela tan profunda pena por haber sido el doctor José Gregorio Hernández un ejemplo eximio de virtudes ciudadanas, presento mi pésame cordial.

Su amigo,

R. González Rincones.

Ministro de Instrucción Pública.


De Maracay a Caracas, el 30 de junio de 1919. –Las 5 hs. 30 ms. p.m.
Señor doctor R. González Rincones.
Ministro de Instrucción Pública.

Recibido. He lamentado mucho la muerte del eminente médico José Gregorio Hernández y aprecio su condolencia por esta desgracia nacional.

Su amigo,

Juan Vicente Gómez.

(Publicado en el Periódico “El Nuevo Diario”, el 2 de julio de 1919).


SU EMOTIVO FUNERAL Y ENTIERRO


Todos los que recuerdan aquel día de luto nacional, convienen en reconocer que no ha habido en toda Caracas ninguna manifestación en la que tan espontáneamente se haya desbordado el público en entusiasmo, fervor y lágrimas, como en el entierro del Dr. José Gregorio Hernández. El Ejecutivo Federal por órgano del Ministerio de Instrucción Pública dispuso duelo para las Facultades de Estudios Superiores en todo el país.

En la invitación del Gobierno para asistir al funeral, se encuentran las firmas, entre otras destacadas, del General Juan Vicente Gómez; del General Ignacio Andrade, del General Antonio Pimentel, etc., y en las invitaciones de la Universidad, las de todos sus compañeros de profesión y de sus amigos, entre ellos Dominici y Razetti. Hubo también invitaciones por parte de las Facultades de Estudios Superiores de Caracas, de la Sociedad Médica, de la Academia Nacional de la Historia, de la Inspectoría General de Hospitales de la Academia Nacional de Medicina, del Gremio Médico de Caracas, de la Academia Venezolana correspondiente de la Real Española, de la Academia de Ciencias Políticas, del Consejo Central de Estudiantes de Venezuela, etc. Casi no hubo gremio o asociación de Caracas que no se uniera al dolor nacional por la muerte del Dr. Hernández. Muestra del cariño que se le profesaba, y de que la Nación se daba cuenta por medio de sus órganos, de lo que perdía aquel desgraciado, 29 de junio de 1919. Pero en realidad nada se había perdido. El será siempre una gloria perenne para la Madre Patria, después de muerto, lo mismo que lo fue en vida.

Mejor que nosotros podrá darnos una idea de lo que fue aquel entierro el articulista de “El Universal”. Habla así:

El desfile comenzó desde el propio momento de ser colocada la urna en el catafalco, respetuoso e interminable. Puede decirse que toda la ciudad dejó al pasar frente el féretro un tributo de lágrimas de sentida emoción, de férvidos elogios.

Una hora antes de la fijada para el entierro, la Plaza de la Ley y los alrededores del Capitolio bullían como nunca, plenos de gente. Sería tarea ardua describir con exactitud lo que allí pasaba.

Tendidas las escuelas de niñas desde la Universidad hasta las monjas, en doble ala blanca, como sus ensueños, cada una de ellas tenía en sus manos una corona de aquel río de flores que se desbordó desde los Cármenes avileños para formar un remanso perfumado sobre la tumba del humilde sabio. Este bello espectáculo en medio de aquel ambiente de dolor inenarrable, servía de índice para dar con exactitud una idea del número de coronas enviadas en silencioso homenaje. Y no es frase de retórica, sino verdad tangible, que se agotaron las flores de los inagotables jardines de Caracas. En más de 500 se calcula el número de coronas y en otro tanto las que no pudieron ser ofrecidas por absoluta imposibilidad material.

Citar el nombre de cada uno de los oferentes, fuera de todo punto imposible. Bástenos decir que todos los gremios sociales estaban representados de manera tan gentil desde el Ejecutivo, el General Juan Vicente Gómez, etc., hasta el humilde artesano y el peón que arranca a las canteras su diario sustento.

A las cuatro, en medio del orden más perfecto, cerca de diez mil personas esperaban la salida del féretro desde la Universidad hasta la Santa Iglesia Metropolitana, que no tenía cabida para un alma más en sus amplias naves penumbrosas.

Antes de comenzar la fúnebre ceremonia del enterramiento, el Sr. Ministro de Instrucción Pública, Doctor González Rincones, pronunció sentidas palabras. Luego hizo en síntesis elocuente un elogio del Doctor Hernández el Presidente de la Academia de Medicina, Doctor David Lobo.

Cumplió con estricta justicia y con una asombrosa puntualidad sus estudios y las comisiones gubernamentales que le fueron encomendadas, el alto empleo de Catedrático de la Universidad y Director del Laboratorio de Fisiología. Con igual exactitud cumplía con sus obligaciones en el Hospital Vargas y con sus deberes como médico en la asistencia a los enfermos. Si alguna preferencia tuvo en su vida, fue precisamente por los desheredados de la fortuna. Su hora de una a tres menos cuarto, dedicada a los enfermos pobres, era siempre respetada sobre todos los compromisos. En aquellos momentos nada le podía distraer de aquel acto de justicia, por el que daba a los pobres lo que ellos justamente como hijos de Dios pedían: un poco de caridad y un poco de cariño. Le parecía más justicia, porque en cada pobre enfermo veía la imagen del Hijo de Dios llagado y pobre por nuestro amor. Solamente estas horas eran interrumpidas en casos de urgencia, para auxiliar a un moribundo.

Nunca exigió más de sus honorarios fijos. Ricos y acomodados pagaban lo mismo, aunque su enfermo fuera el Presidente de la República. Fue médico de siete Presidentes de la República y de sus familias, pero nunca se lucró, ni siquiera en influencias con esta intimidad de los más altos dignatarios de la Patria. Fue médico del General Joaquín Crespo, con cuya señora fue padrino de uno de los hijos del Dr. Bruzual Serra, que era entonces el Ministro de más influencia en el Gobierno. Fue también médico de Andueza Palacio, Ignacio Andrade, Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez, Victorino Márquez Bustillos, José Gil Fortoul, todos ellos Presidentes sucesivos de la República, y de todos sus Ministros más influyentes en el Gobierno.